lunes, 30 de enero de 2012

Operetas

Parece que la economía ya no da para mandarse unas vacaciones peronistas de treinta días a todo culo en el hotel sindical y varios funcionarios han recuperado el habla en estas semanas de temporada estival. Si bien León Arslanián no puede considerárselo netamente un funcionario, podríamos convenir en que a Randazzo y Garré sí los ponemos en el escaparate de administradores de la cosa pública sin que den muestras meritorias para ello. 

El bueno de León se la agarró con la política de seguridad de la provincia de Buenos Aires. A la fecha todavía me cuesta entender que existan personas que accedan a colocarle un micrófono a Arslanián para opinar de seguridad. No es que sea mi intención defender la gestión de Daniel Scioli -y menos en esta materia- ni tampoco tengo intenciones de considerar amigo al enemigo de mi enemigo. Pero así y todo, cada aparición de Arslanián me indigna lo suficiente como para acordarme, entre puteadas, de su fascinación infantil por el cine Spaghetti Western y las películas policiales norteamericanas. 

El día en el que algún historiador se decida a practicar un estudio exhaustivo sobre el origen de la pedantería progresista y su expansión en los ámbitos de poder político, sin lugar a dudas tendrá en Arslanián a la Eva Mitocondrial. Un tipo que con la bandera de los derechos humanos obtenida en el Juicio a las Juntas de 1985, ha creído contar con la autoridad moral suficiente para criticar todo lo que hacen los demás y, obviamente, hacerse soberanamente el otario con el granito de arena aportado a las causas que critica. 

Reformista por convicción -alguna convicción debía tener- juró como ministro de Justicia de Carlos Saúl, función desde la cuál reformó el Código de Procedimiento Penal de la Nación, instaurando la Cámara de Casación, duplicando la cantidad de juzgados federales y favoreciendo la creación de los juicios orales, bajo el argumento de dar una mayor transparencia respetuosa de la Constitución y menos dictatorial a los procedimientos penales. Gracias a Dios, se hizo bien el boludo con el mandato constitucional de los juicios por jurados. Increíblemente, dentro del aumento extraordinario en el presupuesto judicial -derivado de la cantidad de cargos a cubrir- omitió dar una solución al reclamo por la ley de salarios porcentuales, histórico orgullo de los empleados judiciales y derogado inconstitucionalmente por la dictadura. 

Algunos años después de haber pasado por la gestión progresista de Carlos Menem, Arslanián aceptó formar parte de la gestión progresista del entonces gobernador bonaerense Eduardo Duhalde, quien padecía algunos problemitas con la policía. Arslanián se encontró con un panorama desolador. Los policías cobraban sueldos miserables, trabajaban en condiciones indignas, no tenían armas aptas para su uso, los patrulleros estaban destruídos, la preparación para trabajar en las crecientes villas era nula, la atención social a la familia policial brillaba por su ausencia. El poder judicial provincial tampoco pasaba por su mejor momento. El Departamento Judicial de Lomas de Zamora -por dar un ejemplo- tenía jurisdicción sobre los partidos de Avellaneda, Lomas de Zamora, Lanús, Ezeiza, Esteban Echeverría y Almirante Brown. Para tamaño territorio -y tamaña población- contaba con la paupérrima suma de catorce juzgados, cinco fiscalías y un puñado de defensorías. 

Arslanián puso manos a la obra. El panorama policial estaba complicado, así que se limitó a echar a unos cuantos miles sospechados de corrupción, dejo a otros varios comprobadamente corruptos y el resto de los problemas los resolvió con un método que los progresistas no se animarían a aceptar como propio: no te doy nada, te saco lo que tenés y, si te revirás, te echo. En materia judicial, el bueno de León inició un camino que, más tarde, sería intensamente transitado por el progreberretaje vernáculo: la solución europea para problemas argentinos. Así fue que dio por sentado que el sistema judicial estaba colapsado y vetusto. En un proyecto maravilloso -en esa gobernación sólo superado por el exitaso del engendro educativo encarado por Giannettasio- creó un código de procedimiento penal nuevo, le quitó la instrucción a los colapsados Juzgados y se la entregó a las fiscalías. Y se sentó a esperar qué pasaba. Donde antes había catorce jueces y cinco fiscales, hubo catorce fiscales y cinco jueces de garantías. Nacía así el sistema judicial garantista. ¿No fue una idea genial?

Varios años después, ya con Felipe Solá gobernando la provincia de Buenos Aires, Arslanián fue convocado para resolver la pesada herencia recibida en materia policial. Curiosamente, nadie se sorprendió. Y eso que había motivos para sorprenderse: fue la policía perfeccionada por Arslanián la que se cargó a Kosteki y Santillán. Fue la justicia reformada por Arslanián la que juzgó y condenó a un comisario y un cabo, haciéndose bien los boludos con los funcionarios responsables. Al momento de estrenarse Arslanián II, La Venganza, la situación policial era bastante deplorable: los efectivos cobraban sueldos miserables, trabajaban en condiciones indignas, no tenían armas en condiciones de ser usadas, los patrulleros estaban destruídos, la preparación para trabajar en las crecientes villas era nula, la atención social a la familia policial brillaba por su ausencia. Nada con lo que León no estuviera familiarizado. Presto a la obra, rajó a cinco mil efectivos. No funcionó. Como sabía que la mentira de una gestión efectiva no se la podía creer nadie, optó por lo único que se le ocurrió mientras miraba La Ley y el Orden. Así fue que reformuló la estructura policial y sus jerarquías: ayudantes y subinspectores pasarían a llamarse tenientes, inspectores y principales se denominarían tenientes primeros, y los subcomisarios y comisarios, tendrían un hermoso título de capitán. Los mismos cabezas de tachos, mal preparados y mal pagos, pero con nombres glamorosos. Denominaciones hollywoodenses para paisajes africanos. La misma bosta pero perfumada. Idea brillante. 

Más allá de algún que otro detalle -una dependencia con un comisario y dos subcomisarios pasó a tener tres capitanes en disputa- el proyecto no podía culminar sin el emblema del cine pochoclero. El número 101, eternamente vinculado a las emergencias, quedó en el olvido ante la aparición del 911 -como todo lo demás, igual de inservible- que al marcarlo, la eventual víctima de algún ilíticito podía sentir que Bruce Willis venía en camino para rescatarla de la horda suburbana. 

Siempre se puede más, y esto Arslanián lo tiene bien claro. La policía con jerarquías neoyorkinas y salarios nigerianos ya era una causa perdida. León creó la Policía Bonarense 2 que, como en las buenas películas norteamericanas, era igual que la primera pero recargada. Así fue que se cargaron más víctimas de gatillo fácil en un año que las que la bonaerense original en un lustro. Curiosamente, el mayor daño vivido por los habitantes del conurbano no fue que la delincuencia no mermara -esto ya lo tenían asumido hacía rato- sino que se encontraron con dos "colaboraciones para los muchachos" donde antes había sólo una. 

Pero León siempre es una caja de sorpresas. En estos días podemos verlo participar de una nueva operación tridente -un editorial de Página/12 + los dichos de un funcionario del gobierno nacional + la opinión de un "especialista" en la materia- con la mira puesta en Casal -como punta del iceberg- y Scioli. Escuchar a Arslanián emitir afirmaciones tales como "la policía tiene que tener recursos humanos altamente capacitados" da cosita, no por lo que sostiene, sino por quién lo dice. Que luego manifieste que la gestión de Nilda Garré es un ejemplo a seguir por el resto de las provincias, en cambio, es entendible. ¿O acaso no hay nada más eficiente para la seguridad pública que pintar un patrullero por comisaría, comprar chalecos fluorescentes y rajar, cada tanto, a alguna que otra cúpula policial?

Si los afiliados al Cristina´s Fans Club tuvieran algo de sincronización al pensar, quizás se preguntarían si las palabras a favor de la gestión del gobierno nacional por parte de quien fuera el emblema de la política criminal de Duhalde son un elogio o un insulto. O tal vez se preguntarían si las constantes avanzadas sobre Scioli y la ponderación de un talibán como Mariotto son para sacarse de encima al exvicepresidente de Néstor. ¿Scioli es compañero del modelo nacional y popular? ¿O ya lo ven como el enemigo que complicaría la subsistencia de la patria contratada en caso de que no prospere el proyecto requetereeleccionista? ¿Scioli arrimando el bochín a Moyano da cagazo? ¿Acaso Moyano no era el principal aliado de este gobierno antes que lo convirtieran en el cuco? ¿Cuánto falta para que hagan una opereta mediática en contra de Moyano sacando a relucir su rol colaboracionista con el antikirchnerista gobierno de Perón en la década del ´70? ¿Realmente creen que mueven el amperímetro con estas operetas de cuarta?

Si se hicieran las mismas preguntas que yo, los felicitaría. Pero si todavía buscan la forma de justificar el ajustazo de la sintonía gruesa, es obvio que Scioli esté a un paso de demostrar ser el anticristo y Moyano de convertirse en la encarnación de mandinga. Cuando veo como se comportan, como reaccionan, las operaciones que montan -antes a los opositores y ahora a los propios-, no me queda otra que pensar que el futuro les da cagazo. Como a todos. La guerra por la sucesión llegó hace rato, es lógico que busquen la recontrareelección.


Lunes. Qué debil que es el modelito que depende sólo de una reforma constitucional para subsistir. 

jueves, 26 de enero de 2012

Tan Barato

Volvió la Presi a recordarnos lo tristes que estábamos sin que nos cagara a pedos todos los días. Hasta ayer no habíamos visto esa notoria diferencia: seguíamos con un gobierno pedorro, que se mandaba las mismas cagadas, pero sin Cristina a pucheritos, retándonos por quejarnos del ajuste y la inflación, cuando sólo es una sintonía fina contra la avivada en un contexto de reacomodamiento de precios. El resto estaba todo igual. Da lo mismo tener o no un capitán si el barco se ha quedado sin timón, por lo que no se notó la ausencia más allá de una evidente recuperación auditiva de quienes escuchamos radio: Boudou que inaugura una autobomba tan nacional como un iPad con yerba mate encima mientras afirma que hay Cristina para rato, y Moreno que no descansa en su psicopatía sexual y ahora quiere que se la chupen los ministros, los comerciantes, los consumidores y los importadores, que deberán escribirle cartitas de amor por correo electrónico para que el decida si ameritan o no el permiso real para importar.

La continuidad de la gestión fue tan notoria que hasta demostraron que realmente les importa el caso de la mina a cielo abierto en Famatina, contra lo que pensaban todos los desestabilizadores que decían que el Gobierno no hacía nada. Anteayer el Raly Barrionuevo aprovechó su presentación en Cosquín y pasó varias imágenes alusivas a la resistencia del pueblo de Famatina. Dicen que las pasó durante unos cuantos minutos, pero sólo quedará en leyenda para todos aquellos que no fuimos a Córdoba, dado que Canal 7 interrumpió la transmisión. 

En la competencia por demostrar la continuidad de una gestión antikirchnerista bien pulenta, se la agarraron con los Moyano. Tomada dijo que las protestas de Pablo son aprietes al gobierno y Randazzo afirmó que Hugo tendría que irse a la casa al sostener que "el que renuncia al Partido Justicialista es para irse".  Desconocemos si le dijo lo mismo a Néstor Kirchner cuando renunció en 2009 luego de perder por poquito, pero algo nos induce a pensar que no fue así. 

Otra medida aplicada por el gobierno antikirchnerista de Cristina con la que se volvió a marcar la agenda, fue el aumento maricón del precio de todos los transportes que no pudieron enchufarle a Macri. Esta vez no acusaron a la patronal, ni a la derecha neoliberal, ni a los sindicatos, pero se la rebuscaron para que la culpa no sea de ellos: todo aquel que no tenga la tarjeta SUBE antes del 10 de febrero, deberá pagar la tarifa plena, de la cual se desconoce el monto. El secretario de Transporte Juan Pablo Schiavi dijo "no subsidiaremos más transportes, sino a los pasajeros". La opción es nuestra. Sin embargo, tal como sucediera en su momento con la libertad para elegir entre quién queríamos que nos robara nuestros aportes -AFJP versus sistema de reparto- lo más probable es que, cuando ya no quede ni un billetín del Estanciero, la opción sea entre pagar lo que corresponde o ir a gamba, con o sin tarjeta.

La jornada de ayer estuvo perdida de antemano, dado que estábamos todos pendientes de la reaparición de la Excelentísima Señora Presidenta de los Cuarenta Millones de Argentinos -hay que actualizarse en el título, ahora la locutora la presenta así, no vaya a ser cosa que alguien se olvide- y no hubo espacio para tocar otros temas presumiblemente más aburridos. A las cinco de la tarde, Lubertino nos avisó por Twitter que se venía una Cristina Reloaded, aunque no aclaró si es que le instalaron un sistema operativo nuevo, le agregaron un cooler para que no le recalentara la mollera al sacar cuentas, o sólo le mandaron un Service Pack para reparar errores de sistema. A esa altura, ya estábamos con la picadita, un Martini Rosso, la carita pintada con los colores patrios y la remera Néstor 2011, ansiosos, aguardando la reaparición de la Presi. Y apareció.

La excusa del acto era la firma de convenios para obras públicas en diversos puntos del país. Al finalizar, la Presi dirigió unas palabras a la audiencia para explicar en qué consistirían las medidas antikirchneristas que aplica su gobierno para subsanar la pesada herencia recibida de la gestión anterior. A diferencia de Néstor, Cristina no está para sentarse a charlar con los sindicalistas que cuestionan políticas de ajuste que, obviamente, Néstor nunca aplicó tampoco, ni aún cuando las cosas se empezaron a complicar con eso de la inflación en 2007. Una vez más demostró que este es el gobierno que necesitaba el país para subsanar los desfalcos del kirchnerismo. Y así, rodeada de neoliberales, progres y aliancistas eternamente conversos, se dispuso a criticar a las petroleras que tuvieron ganancias extraordinarias e importan combustible en vez de producirlo. Fea costumbre que arrastran desde que el gobierno de Kirchner les soltó la correa. Del mismo modo, dio a conocer que el país tuvo que importar gas licuado para cubrir el consumo de la patria -no aclaró que lo pagamos directamente los usuarios- en un claro palo hacia el descontrol del kirchnerismo, que destruyó el pleno autoabastecimiento y las reservas para dos décadas. 

Luego dedicó unas líneas hacia la cuestión ambiental, al afirmar que le gustaría ver a los ambientalistas quejarse por la depredación de la costa de las Malvinas con la misma fuerza con la que se quejan de otras "tantas causas nobles". Nada de hacer esas mariconadas que hacía Néstor de sentarse a dialogar -al pedo- con los ambientalistas de Gualeguaychú y de buscar el arbitrio -al pedo- de España y la intervención -al pedo- de La Haya. El gobierno antikirchnerista de Cristina está para las grandes ligas: en Famatina que pase lo que Dios y los capitales extranjeros quieran. 

El momento duro del discurso ocurrió cuando retomó la causa Malvinas, recordando que el año que viene se cumplen 180 años de la expulsión del gobierno argentino en las islas y exigiendo al Reino Unido que acate las resoluciones de la Organización para las Naciones Unidas. Al remarcar la férrea conducta de revertir el proceso de desmalvinización aplicado por los sucesivos gobiernos democráticos posteriores a 1983, mencionó que la guerra fue sólo voluntad de un puñado de jerarcas militares e insinuó que dará a conocer el mítico Informe Rattenbach, para demostrar que fuimos a la guerra porque los militares ya no sabían como sostenerse luego de que aparecieran las Madres de Plaza de Mayo.

Quizás la anestesia de la operación fue tan fuerte que le causó un océano en la memoria, o tal vez a Río Gallegos no llegaban las noticias de qué pasaba en el resto del país a principios de la década del ´80. Lo cierto es que Cristina, en su discursito culposo pretendidamente agresivo, se olvidó de algunas cosas:

En 1979 la Confederación General del Trabajo convocó a una huelga nacional, paralizando al país literalmente, con cortes de ruta y fábricas tomadas. En julio de 1981, la CGT convoca a una nueva huelga general igual de exitosa, aunque esta vez el gobierno militar intentó reprimirla. En noviembre de ese mismo año, Saúl Ubaldini coordinó la movilización de miles de personas hacia la iglesa de San Cayetano en Liniers. La situación económica no era de la mejor -congelamiento de salarios y aumento de precios- aunque hoy sería un dato menor del modelo nacional y popular. El cantito "se va acabar la dictadura militar" obtuvo el resultado obvio y los manifestantes -entre los que había gente de la Democracia Cristiana y el Partido Intransigente, además de los justicialistas, sindicalistas y muchos no afiliados a ningún lado- sintieron la fuerza del garrote gubernamental. 

Casi cinco meses después, un 30 de marzo de 1982, el país amaneció paralizado a nivel productivo, pero movilizado a nivel protesta. La CGT Brasil comandada por Ubaldini había convocado a una nueva huelga y movilización hacia la Plaza de Mayo. A pesar de haber montado un operativo antihuelga gigantezco, el gobierno de Galtieri no pudo evitar que los alrededores de la Plaza de Mayo se vieran colmados por manifestantes que buscaban ingresar, situación que se repitió en Mendoza, Rosario, Mar del Plata y Tucumán. En Córdoba, por las dudas, mandaron patrullas de siete vehículos militares cada una para disuadir las posibles protestas. A pesar de que la consigna era "Pan, Paz y Trabajo" y que Pérez Esquivel -nobleza obliga: junto al defensor gratuito de los presos políticos de la dictadura Carlos Menem- intentó acercar un petitorio a la Casa Rosada, las fuerzas de seguridad dispusieron que no era el día indicado para hacer ese tipo de cosas y reprimieron a mansalva, además de detener a los que pudieron. Ese día terminaron en el calabozo Adolfo Pérez Esquivel, Carlos Menem, Saúl Ubaldini y el radical Juan Carlos Zambarieri, entre otros tantos miles de detenidos, heridos y un puñado de muertos. 

Quizás en Río Gallegos hacía demasiado frío ese día, o por ahí los defensores retroactivos de los derechos humanos de hace tres décadas estaban demasiado ocupados adquiriendo propiedades a familias víctimas de la dictatorial 1050, vaya uno a saber. Lo que sí podemos decir, afirmar y aseverar es que la dictadura se fue por algo más que una guerra perdida o los pañuelos blancos en la plaza. Gran parte de este país, sin estar afiliado a ningún partido ni sindicato, hizo frente a la última dictadura y no fue sólo por los crímenes horrorosos que cometían los militares, sino por el desfalco económico que destruía a la producción industrial nacional y el poder adquisitivo de los trabajadores, sumiendo en la pobreza a la mitad de un país con pleno empleo, mientras unos pocos hacían plata, mucha mucha plata, amparándose en ese perverso sistema privado de toda legalidad. 

Pero claro, contar este tipo de cosas debe ser incómodo.


Jueves. Tanta gente que puso huevos. Tanto olvido. Tan barato que resulta el relato.

martes, 24 de enero de 2012

Humor Registrado

El compañerazo Gustavo Sala pensó que resultaría gracioso hacer un chiste porque David Guetta sonaba parecidoa Ghetto. Para rellenar la breve tira que publica en Página/12, la creatividad le jugó medio en contra, y creyó una gran idea dibujar a unos famélicos judíos acatando la orden de Hitler de ponerse a bailar, para liberar tensiones y que el jabón saliera de buena calidad. Hasta acá, la historia de lo sucedido el viernes pasado, tal como la vimos o nos la contaron.

El humor es relativo y reconoce tantos gustos como habitantes humanos y humanoides con documento de identidad posee este planeta. Lo que mi me hace descostillar de risa, puede que a usted no le provoque ni la más mínima mueca de gracia. El humor, de por sí, es agresivo. Nos reímos de situaciones absurdas, momentos incómodos que le suceden al otro. Un vieja que queda sentada de culo en la calle, una señorita que se puso una remerita blanca un día de lluvia, un buen pelotazo en la entrepierna -de algún otro, claro está- algún defecto o discapacidad del otro. Están los que gustan de los chistes nacionalistas y sus variantes -gallegos, tanos, judíos, casualmente, el 90% de la ascendencia genética de nuestro país- y también los que prefieren los chistes anarcos y sus subcategorías -policías, políticos, religiosos- como así también existen quienes gustan de los chistes verdes, generalmente sexistas -sean machistas o feministas- y muchas veces despectivos respecto de las cualidades o calidades sexuales de alguien: pijacortas, conchaestrechas, culorrotos, putas muy putas, virgas emputecidas, putos bien mariposones y machos no tan machos pero bien viriles. El humor negro, claro está, también tiene tantas subjetividades y gustos, que cuesta englobarlo en un sólo texto y generalmente ataca a lo que los vivos y sanos consideramos defectos de la vida, anormalidades que incluyen algo tan normal como la muerte.

El ¿chiste? de Gustavo Sala gozó de tres grandes problemas, el primero que lo alejó de la categoría de chiste: no causaba gracia en sí mismo, independientemente de la temática abordada. El segundo, el chiste fue publicado justo en una fecha que recuerda uno de los días más negros de la historia de la humanidad, de la cual fueron víctimas preferenciales los judíos, seguidos de cerquita por los gitanos y algunos que otros miles de disidentes. Y el tercero, no menos importante, fue publicado en un diario que ocupa un curioso lugar de comisario intelectual, la reserva moral de la progresía, el lugar donde se acusa de facho y/o nazi a todo aquel que se encuentre a la derecha de lo que ellos consideran izquierda.

El problema no fue el humor negro en sí, no fue eso lo que me molestó. Fue quién, cómo y cuándo lo dijo. Y que los sectores que se sienten representados intelectualmente por ese diario, no pueden venir así, tan alegremente, a decir que se ha perdido el sentido del humor, que ya no se puede hacer chistes con nada, cuando hace ya bastantes años que, más por temor a ser señalado como eugenésico que por pudor, no nos podemos reír de lo que nos haga reir. 

La gran mentira es el axioma "no me río de vos, me río con vos". Uno se puede reír con el otro o no, pero siempre se ríe del otro o de uno mismo, se acompañado o no. Incluso cuando un hace chistes sobre sí mismo, la risa despertada en el otro no es otra cosa que la demostración de sentirse tranquilo por no ser la víctima de la situación engorrosa. Pero nos fuimos corriendo y hemos perdido el humor. Al negro se le tiene que llamar afroamericano o afrobonaerense -depende de qué tan negro sea- porque eso es más humano que reírse del distinto -como si no fuera milenaria la risa hacia el distinto- y porque, dicho sea de paso, es más barato que sacarlo de esa condición social vinculada inconscientemente al negraje. A la puta se le dice trabajadora sexual, como si entrarle a la patrona cada vez que tiene gana no fuera un trabajo que tiene como contraprestación la integridad testicular o como si entrarle al dorima que ya perdió tanta cintura como pelo y pensar en Brad Pitt mientras tanto, no fuera igual de trabajoso. Evidentemente, decirle trabajadora sexual, en vez de puta, es todo un avance social que reconoce a la necesidad de vender el cuerpo para poder parar la olla como un resultado de la revolución progresista. "Te vas a seguir prostituyendo, pero nadie te dirá puta", así sí da gusto. 

Es tal el grado de divergencia etimológica que, con decir "personas con capacidades diferentes" le devolvemos la movilidad al paralítico, le vista al ciego, el habla al mudo, la audición al sordo, etcétera. Ese igualismo idiota de suponer que todos los "normales" tenemos la misma capacidad y los otros tienen capacidades diferentes es tan discriminador que los considera distintos por definición y no por adjetivo, como si los "normales" no fueramos todos tan distintos como para tener nuestras propias capacidades diferentes. La culpa que generó esto derivó en que nadie puede hacer chistes sobre nada, porque todo está mal, porque somos perfectos y desde nuestra magnanimidad perfecta, queda mal reírnos de los que son menos que nosotros, los que tienen capacidades diferentes.  

Reirse de las cosas es quitarle solemnidad, es burlarse del drama. Claro que esto tiene sus límites, tantos como personas, el límite es de cada uno. En el caso puntual de Página, utilizar lo más despreciable del nazismo para hacer chistes sobre lo que afectó a parientes de la inmensa mayoría de los judíos que viven en este país y, por si fuera poco, hacerlo el mismo día en el que se cumplía un nuevo aniversario de la masacre europea, no me pareció muy feliz. El contenido no fue para tanto si lo analizáramos en un caso aislado, si no fuera parte de quienes nos dicen de qué nos podemos reír y de qué no. Mel Brooks, en Los Productores, hace una sátira mil veces peor al holocausto de la que hizo Gustavo Sala. Pero Mel Brooks se ha reído hasta la CIA en plena Guerra Fría con el Superagente 86, se ha burlado de los paralíticos, de los ciegos, de los sordos, de los mudos. No ha tenido una doble moral, no se ha colocado en un lugar de privilegio por autoridad propia. 

Viniendo más para acá, recuerdo que en 2007 se puso al aire "El Gen Argentino", un formato importado en el que se elegía cuál era la personalidad argentina que más representaba nuestra forma de ser cotidiana. En un acto de hipocresía total, la gente decidió que el General San Martín era quien mejor representaba nuestro estilo de corrupción institucionalizada, unitarismo gubernamental y comodidad de teclado a la hora de quejarnos de lo que hacen los demás. Recuerdo que en ese programa, uno de los que más habían avanzado era Alberto Olmedo. Y recuerdo, también, que a la hora de esgrimir el argumento de quienes no estaban de acuerdo con Olmedo, escuché maravillas como "era un sexista que cosificó a la mujer, que filmó películas que ensalzaban a la Argentina de la dictadura, que se burló de los homosexuales, todo eso era el Negro". Más allá de la maravillosa situación de ver a un defensor de la moralina progreconservadora llamar "Negro" al Negro, quedé sorprendido. Pensé que, tal vez, yo había visto versiones alternativas de las películas de Olmedo, dado que las que ví, él siempre terminaba de cagada en cagada por querer ser ese machazo argentino y no le daba ni el cuero ni la consciencia. Supuse que esas películas sobre el Mundial `78 mostraban el país de la bicicleta, la especulación, los bulines para alquilarle a las putas que atenderían turistas, y todo el mercado negro y paralelo que se organizó -curiosamente- sin la represión de un Estado represor. Lo mismo pasó con Tato Bores hace un puñado de meses: donde yo vi un humorista que hacía chistes sobre Videla en plena dictadura, muchos vieron a un tipo que no hizo lo que tenía a mano para hacer "algo" contra "lo que estaba pasando". 

Por eso no me sorprendió la reacción de la gente frente al chiste de Página/12. Era el comisario de la revolución, aquel que nos marca la agenda hasta de qué es gracioso y qué no, quien cayó en la misma trampa que nos tiende a los demás, a los que nos gusta reírnos de todo. Como ya no quedan programas de humor político en la televisión abierta -a excepción de 678- no queda nada que se puede marcar como enemigo de la moral y las buenas costumbres progresistas. Como las ideas no llegaron a plasmarse, se ataca a la idea antes de que salga. Los chupacirios todavía creen en el pecado de pensamiento. Los progres, también. Por eso dicen "personas originarias de la república hermana de Bolivia: porque decir el gentilicio Boliviano les resulta insultante en su cabecitas. 


Yo busco reírme de todo, porque la vida es demasiado joda para tomarla en serio. Si la vida se me caga de risa en vez de sonreírme ¿Por qué debería tomarla con solemnidad? Reírme de las pequeñas delicias de la vida conyugal, no quiere decir que no me importen mis problemas judiciales. Si yo digo que mi ex me hace sentir Mahatma Ghandi en comparación con ella, no me lo estoy tomando a la ligera, sólo descomprimo las cosas. Si me río de la enfermedad, es porque algo que nos puede quitar la vida no se merece mi respeto. 

Pero claro, formamos parte de una sociedad en la que le rendimos culto a la muerte. Confundidos, creemos que hay que rendirle homenaje al muerto y no a lo que fue en vida. 


Quisiera pedirles un sólo favor: El día en que ya no esté, cáguense de risa de mí. Hagan correr el rumor de que me morí con un consolador con la forma de la nariz de Néstor incrustado y no pude soportar el orgasmo kirchnerista. Digan que tenía más tetas que mi vieja y menos cintura que el Planetario. Afirmen que era masoquista y por eso me hice peronista siendo blanco y rubio. Digan lo que quieran, que yo siempre me tomé mis problemas para la joda. Pero si me putearon, no digan que era un provocador. No me tomen enserio ni aún frío. Yo sería incapaz de hacerlo. 




Martes. Un día como hoy pero de hace mucho tiempo, el boludo que escribe pegaba el primer grito luego de salir de la entrepierna de su madre, lugar al que lo invitarían a volver innumerables veces a lo largo de su vida. Sean originales, no me manden de vuelta. 

jueves, 19 de enero de 2012

Fuckland

"Si quieren venir, que vengan, Boudou está en Presidencia" dicen que se escuchó en la Quinta de Olivos. Si bien no es una aparición pública que demuestre el excelente estado de salud libre de carcinomas y metástasis de la Presi, al menos es una prueba de vida. Convengamos que el panorama ya pintaba demasiado aburrido y repetitivo: despidos cotidianos a empleados del Estado, mientras el Estado aprieta a las empresas privadas que quieren reducir personal, problemas energéticos, eliminación de subsidios, aumento de tarifas, incremento en el costo de la canasta básica, asesinatos varios, suicidios masturbatorios, disparos accidentales, en fín, más de lo mismo. 

El panorama en el Reino Unido de la Gran Bretaña tampoco pinta demasiado alentador, aunque -claro- con marcadas diferencias culturales: si me dieran a elegir entre la bonanza económica kirchnerista y la crisis económica británica, no lo pensaría dos veces. Aparte, esas maratones nocturnas de destrozos e incendios son mucho más entretenidas que ir esquivando a los ganadores del kirchnerismo que siguen viviendo en la calle. 

Debo confesar que creía que el Primer Ministro Británico tenía un coeficiente intelectual acorde a la investidura de su cargo. Sin embargo, que ante las acusaciones de colonialismo diga "colonialistas son ustedes", me transportó a la infancia del "como hermana no tengo con la tuya me entretengo". Que ante cada planteo diplomático, desde el Reino Unido respondan "los kelpers tienen autodeterminación y decidieron ser británicos" es tan ridículo -desde el punto de vista del colonialismo- como suponer que en un divorcio, un niño decida cuál de los padres tendrá la tenencia. 

Del otro lado -de éste lado- tenemos a los eternos alegres, estúpidos afectuosos que acaban en seco porque Uruguay, Ecuador y Panamá manifestaron su incondicionalidad frente al conflicto Malvinas. Así, no es de extrañar leer en Página/12 y otros medios adictos al gobierno la algarabía que les genera saber que el diario The Times -conservador, colonialista, monárquico- está a favor de Argentina. Uno entiende que, para muchos, "el enemigo de mi enemigo es mi amigo", pero ¿No era que los diarios de derecha eran una bosta en todo el mundo?

En el gobierno británico están tan asustados ante la escalada del conflicto que, mientras se sacan la pelusa del ombligo, mandan al príncipe Williams -heredero de la corona- a realizar prácticas de adiestramiento militar, junto con gran parte del ejército. No lo mandan a Oceanía, lo manda a las Malvinas, acá a la vuelta. Ante cada escalada de conflictos internos, la mayoría de los países de occidente -incluso los más nacionalistas- recurren a una magnificación del sentimiento patriótico. Lo hizo Bush durante siete años, lo hizo Galtieri en 1982, lo hace Cameron. En el caso de Cristina no puedo decir lo mismo, dado que viene molestando con esto desde que asumió. El tema radica en que, ante una hipótesis de conflicto, los bandos generalmente miden los movimientos de la otra parte: qué hace además de lo que dice. Reino Unido nos moja la oreja y después nos manda al ejército y al príncipe a realizar ejercicios militares en el patio de casa. Argentina realiza una movida de quejas diplomáticas, pero detrás de eso sólo tiene poder de fuego para dos horas, con toda la furia y utilizando el sobrante de fuegos artificiales de fin de año. 

La utopía de una nación sin ejército no es posible en un país que cuenta con gran cantidad de recursos naturales en un mundo cada vez más necesitados de estos. Pero nosotros somos utópicos y desarmamos el ejército, por temor a que repitan lo que hace décadas que no pasa, mientras entregamos esos mismos recursos a manos extranjeras. Dejamos de vacunarnos por miedo a que una vacuna nos mate. Nuestra Fuerza Aérea ha sido noticia internacional varias veces en los últimos años, pero no por su prestigio, sino por haberse convertido en el payaso que alegra los desayunos de los jefes militares de otros países yendo a ejercicios bélicos sin aviones o sin combustible. 

Ante la sensación de que, si en el Reino Unido así lo desean, en dos horas y sin disparar un tiro se podrían quedar con Tierra del Fuego, uno supone que podríamos recurrir a la gran reserva militar que tenemos en nuestro pueblo. Estoy más que seguro que si quisieran entrar en territorio continental, no podrían sobrevivir sin luz, sin combustible, con los trapitos cobrándoles cincuenta pesos por cuidarles cada tanque y un ejército de wachiturros choreándoles los equipos de comunicación. Y si los kelpers no quieren ser argentinos, lo arreglamos con un cacho de información. ¿En qué otro país se puede llegar a viejo con una familia numerosa sin tocar nunca un laburo?

La escalada diplomática por el tema de las Malvinas es algo que podríamos decir que ya se vio. La suma de los componentes diplomáticos y bélicos da el mismo resultado que en aquel entonces, pero con el orden de los factores invertidos. En aquellos años, el ejército era fuerte, con un equipamiento aceptable en comparación a los grandes ejércitos y un entrenamiento efectivo que contrastaba contra la posibilidad de que Argentina saliera victoriosa enfrentándose contra Inglaterra, Estados Unidos y la OTAN. Curiosidades de la época, la idiotez de suponer que Estados Unidos iba a elegir apoyar a Argentina y no a Inglaterra, sólo podía ser razonable bajo los efectos del whisky. 

Hoy tenemos una situación diplomática bastante distinta a la de hace tres décadas. Que Timerman sea un impresentable a cuerda, no quita que Argentina se haya pasado los últimos treinta años participando de cuanto coloquio diplomático, asamblea internacional y concierto de naciones se le haya cruzado, aunque con resultados bastante difusos. Y por difusos quiero decir que sólo conseguimos que Inglaterra se agarre la entrepierna cada vez que Argentina protestaba. Como contrapartida, nuestras Fuerzas Armadas hoy cuentan con un poder de fuego que no podría permitir una resistencia victoriosa en caso de que Paraguay decidiera invadir Formosa arrojándonos naranjas y chipás. 

Argentina ha vivido un curioso caso pocas veces visto en la historia bélica del mundo: el desprecio y el olvido hacia nuestros combatientes, que curiosamente fueron admirados por el enemigo. Nosotros vimos a nuestras fuerzas armadas como un grupo de pendejos cagados en las patas que fueron lanzados en unas islas rocosas en el culo del mundo. Ellos vieron a un aguerrido grupo de locos que estaban tan seguros de lo que defendían que -tal como reconocieron los soldados británicos- llegaron a dudar de la victoria que creían tan sencilla. Aviones que volaban al ras del océano para reventar cruceros sin ser detectados por los radares, médicos con fusiles disparando como dementes, grupos comando que salieron a buscar al enemigo puerta por puerta. 

El proceso de desmalvinización se encargó de tomar como referencia a un puñado de payasos que fueron caras visibles del conflicto para desprestigiar al resto de los combatientes. Se buscó borrar una gesta patriótica metiendo en la misma bolsa a los combatientes y a los gobernantes. Ante cada acto de olvido hacia la guerra, se volvía a matar a los caídos en combate. Cada vez que alguien dijo "fue un ejército de mocosos mandados al muere por Galtieri", se volvió a aniquilar a quienes fueron soldados conscientes de lo que defendían. Cada vez que alguien dice "si no fuera por Malvinas, los militares seguirían en el poder" reivindica a una dictadura incapaz de ser resistida por un pueblo, aún en medio de una debacle económica con aumento de la pobreza. 

Como buena sociedad exitista, a una guerra que la vimos por televisión -a pesar de que era en nuestro territorio- la vivimos como un partido de fútbol. Somos los mejores, qué se creen que son estos inglesitos, les vamos a romper el culo. No teníamos un ejército, teníamos una selección y a los medios de comunicación sólo les faltaba poner el "se juega como se vive" del mundial. Como corresponde, luego de perder, la selección fue una manga de muertos incapaces de hacer tres pases seguidos, ni de tirar un centro al área. Los olvidamos, del mismo modo que olvidamos a todas las selecciones de todos los mundiales que no ganamos, esas que antes de viajar eran "la mejor selección de todos los tiempos". No somos un país soberano, somos un país futbolero. 

El proceso de desmalvinización habrá tenido su inicio durante el alfonsinismo, su continuidad durante el menemismo y el paroxismo durante los desfiles del bicentenario, donde desfiló hasta la colectividad boliviana, pero los veteranos tuvieron que colarse de prepo. Sin embargo, como sociedad no podemos seguir siendo tan pelotudos de echarle la culpa sólo al gobierno de turno. La culpa de la guerra la tuvo sólo Galtieri, a pesar del apoyo de millones de argentinos que compraron hasta los llaveritos de Margaret Thatcher en cuatro con la leyenda "a romper el bloqueo". Del mismo modo, la culpa de la desmalvinización y el olvido fue de los sucesivos gobiernos democráticos, y no de los millones de compatriotas incapaces de colocar una banderita celeste y blanca si no jugamos un mundial. 

De vuelta se puso de moda hablar de Malvinas, y a Dios gracias que se convirtió en tema central, aunque no comparta las causas que llevaron a ello. Soy de los que creen que un pedacito de tierra, por más pequeño e improductivo que sea, si es mío, lo quiero conmigo. Se hablarán de muchas cosas, se dirá que no tenemos con qué defendernos y se recordará a los "pibes cagados en las patas". Yo quisiera saber cuántos de los que dicen esto se abrazarían a sus familias para despedirse y luego marcharían a cargar un fusil para defender esa Patria de la que tanto hablamos pero tan poco sentimos. Muchas de las grandes gestas de la historia la llevaron a cabo por pueblos que no tenían poderío bélico, pero que contaban con algo que no cualquiera tiene: la certeza de saber qué se defiende. 

Hoy estamos en una guerra diplomática entre dos gobiernos necesitados de triunfos épicos. Aún no ha pasado a mayores y esperemos que no pase. No tendríamos con qué defendernos y va más allá de no tener armamento. No nos dan las ganas, ni las intenciones de dejar nuestras comodidades por defender dos islas. Nos acostumbramos a que cualquiera nos saque lo que es nuestro sin quejarnos. Si no defendemos el producto de nuestro laburo ¿Acaso vamos a defender un pedazo de tierra que se perdió hace un tiempazo? No nos da el cuero. 




Jueves. Ni de aquellos horizontes nuestra enseña han de arrancar, pues su blanco está en los montes y en su azul se tiñe el mar. 

martes, 17 de enero de 2012

Plan B

La pretendida reforma política del kirchnerismo quedó perdida en algún recoveco de la historia -de hecho nadie la recuerda- y el gran cambio prometido al principio de la gestión de Néstor quedó limitado a la aniquilación de los partidos pequeños y una interna abierta y simultánea que fue un dispendio de guita al pedo. En aquellos años en los que los jóvenes kirchneristas que no jugaban con plastilina en salita celeste, sostenían que Néstor era la continuidad de Duhalde y, por ende, más de la misma mierda, el cambio que llevó adelante el comprador particular de dólares de la última decada consistió en rodearse de ministros de la talla del Opus Dei Gustavo Beliz, del cavallista-duhaldista Alberto Fernández, del menemista-duhaldista Aníbal Fernández y de los únicamente duhaldistas Roberto Lavagna, Ginés González García, José Pampuro y Carlos Tomada. La posibilidad de un rotundo cambio que continuara sin sobresaltos el armado político previo a la debacle de De La Rúa estaba garantizada. 

En aquellos años en los que Beatriz Sarlo todavía escribía sobre cultura, Gallende era periodista suplente en Canal 13 y Gvirtz era el único que ridiculizaba el doble discurso del kirchnerismo desde la televisión, algunos pocos le daban bola a las pretenciones reformistas del gobierno y otros pocos se escandalizaban al suponer que la revolución trascendía la perorrata discursiva de Néstor. El expresidente era más conciso a la hora de hablar en los actos. Si bien nos acostumbramos a que Cristina hable de paradojas, paroxismos, consensos de guayintón, matrices diversificadas y valores agregados ante públicos que no leen ni el boleto del bondi, Néstor era más pragmático. Él no estaba para demostrar que tenía título universitario ante cada micrófono. Con demostrar que la tenía más grande, le alcanzaba. Así es que era posible escucharlo hablar de los valores revolucionarios de la generación setentista en un acto de entrega de tres subsidios, dos flautitas y un miñón en la escuelita de Villa Ojete o participando del descuelgue del cuadro de Videla del Colegio Militar, después de reunirse con Alberto Groppi, el intendente de la dictadura en Esteban Echeverría. 

Cuando hay plata, debatir sobre pelotudeces ideológicas es fácil y entretenido. Los delirios de teorías que dibujen la estirpe de estadista de quien sólo se dedicó a conservar las estructuras de poder lo más conservadoramente conservador posible, sólo son entretenidos en épocas de vacas gordas. Cuando la tarasca escasea y se descubre que los cimientos de un modelo están hechos de papel maché, discutir ideologías y teorías políticas queda reservado al reducido grupo de pelmazos que no la ven venir y el resto que todavía cobra por hablar bien del jefe. Hoy, los embates de los muy pretendidos oficialistas se centran en atacar el egoísmo de los que no quieren ceder las tres migajas que pudieron retener en el último decenio. La reescritura de lo sucedido en la patria setentista ya se desgasto de tanto usarla -y presumimos que se dieron cuenta que a la inmensa mayoría de la gente le importaba menos que la renovada programación de Paka Paka- por lo que acudieron a algo más plausible, como es reescribir con el culo lo que borraron con el codo. 

Ejemplo: Al gobernador bonaerense Daniel Scioli le salió un Mariotto entre las nalgas. Ahora resulta que Mariotto descubrió que el gobernador a quien acompañó en su fórmula reeleccionista es un gorilón menemista y amigo de Macri. En un acto de borrachín en desayuno, Mariotto dijo que "Scioli almuerza con Mirtha, los militantes, no", frase que habría dado lugar a un escándalo, si no fuera porque la Legrand no tiene su programa de almuerzos desde hace más de un año. Evidentemente, Mariotto no es muy adepto a los aparatos destinados a la transmisión y recepción de imágenes en movimiento. Si así fuera, además de darse cuenta que reemplazar la programación del cable por la bosta de la TV digital, se habría dado cuenta que Néstor y Cristina también iban a almorzar con Mirtha. Y tampoco iban los militantes, aunque no se sabe si es porque no los llevaban, porque no los dejaban entrar, o porque el único militante kirchnerista de principios de siglo era Cristóbal López. 

De la vereda de enfrente de la alegría kirchnerista, está el cagasus tremens de una buena parte de la sociedad. No se puede decir que el 46% restante está asustado, dado que hay una inmensa mayoría de ciudadanos a los que todo les chupa uno y tres cuartos del otro, pero sí es cierto que mucha gente está asustada al extremo. Quisiera tranquilizarlos: decir que van por todo o nada queda un poco grande. Es mucho más realista decir que van "por lo que quede o nada". Incluso algunos optimistas sostienen que esto sería mejor que un "a lo que venga", dado que, con esta última opción, desaparece toda esperanza de poder elegir las sobras. 

En esta vía reformista de lemas, el gobierno ha demostrado su pragmatismo con el cambio de los membretes de los anuncios oficiales. Antes, podíamos leer "Argentina, un país en serio" en las propagandas y algún que otro afiche. Como la seriedad del kirchnerismo no fue tomada, precisamente, en serio, el lema fue modificado por "Argentina, un país que avanza". Entonces se dieron cuenta de la multiplicidad de significados de "avanzar". Mientras Néstor avanzaba hacia la humilde y populachera Clínica Los Arcos, Moreno avanzaba hacia el posible fusilamiento de los que se negaran a mantener los precios, Cristina avanzaba a comprar zapatos a París, y el kirchnerismo se nutría de neoliberales reconvertidos al lado de maoístas arrepentidos, con lo cual el país avanzaba, pero no se sabía bien a dónde. Lo modificaron por "Una Nación que crece", pero para crecer de verdad nos faltó mucho Toddy. Fue entonces que, en un acto de gran despliegue creativo y luego de semanas enteras de brainstorming, los grossos de Presidencia apelaron al grandilocuente -y presuntamente lastimoso- "Argentina, un país con buena gente". Este último eslogan puede observarse en los patrióticos sobres convocando a la renuncia voluntaria a los subsidios. Lamentablemente, la repercusión entre los receptores de la misiva no fue el esperado. No se si pretendían una convocatoria de reservistas para la guerra pero, si esto sigue así, los cráneos publicisitas ya evalúan pasar a un escueto y sincero "Argentina, un país lleno de gorilas". Este viraje en la comunicación oficial va de la mano del recambio de otros argumentos propagandísticos, aunque ya desmintieron que, luego del hallazgo de 497 panes de marihuana en una camioneta de Desarrollo Social, vayan a aplicar un remozado "Con la fuerza del faso". 

Un eslogan como este último, sería un golazo de media cancha en el ya vapuleado arco de los contreras de siempre, que hacen un escándalo por 497 panes de marihuana sin darse cuenta que es un gran avance de la cartera comandada por Alicia Kirchner: se pasaron de rosca en la lucha contra el hambre y ahora reparten faso para que el bajón de los beneficiados ayude a consumir los alimentos antes de que se echen a perder. 

Sin embargo, a pesar de las posibles explicaciones, nunca falta el desestabilizador desconfiado que pretende una investigación seria. Entre las distintas líneas de investigación, la que más parece prender es que los 497 panes son para consumo personal de Alicia Kirchner, lo cual explicaría -entre otras cosas- su sonrisa tatuada mientras se le cagan muriendo los tobas del Impenetrable, los wichís de Salta y el pobrerío del conurbano profundo.   

Con todo lo sucedido en las últimas semanas, Boudou ya demostró que tiene todas las de la ley para seguir en el cargo. Además de pasarse todos los escándalos por el upite, hizo el anuncio de la presentación de una denuncia por parte del gobierno contra las petroleras por abusar de posición dominante de mercado, luego de ocho años de subsidiar indiscriminadamente, congelar los precios y hacer pupa la red de estaciones de servicios.

Como yo sigo sin creerles nada, me descubrí compartiendo una preocupación con el Máximo Kirchner: ¿A quién carajo se le ocurrió poner a Boudou de vice? Porque una cosa es querer concentrar el poder, y otra es pretender conservarlo. Siempre hay que tener un Plan B, dado que nadie tiene la vida asegurada, pero la paranoia pudo más que el instinto de preservación y suponer que un tipo que traicionó a su ideología era lo más fiel que había en mercado, se presume un tiro fallido. 


Trece días después de la operación, Cristina sin dar la cara ni para tirar dos dedos en "V" a lo lejos y la única información que tenemos de ella es por parte de Aimée que dice que seguimos ganando. Es lógico que tenga mis dudas sobre cuándo mintieron, si al decir que tenía algo que no fue, o cuando dijeron que todo fue una falsa alarma. Si yo fuera kirchnerista y me hiciera estas preguntas mientras veo a Boudou hablando de sintonía fina al inaugurar la "autobomba nacional de la Mercedez Benz" (?), estaría cortando clavos con el culo. 

Pero como me gustas hacer preguntas, observar y dudar hasta de mis certezas y desconfiar hasta de mi propia salud, no podría ser kirchnerista never in the puta life.





Martes. Tengo miedo de que Boudou me haga extrañar a Cristina. 

viernes, 13 de enero de 2012

Divagues

Permítame una foto para empezar a buscar a su hermano inmediatamente, señorita. Ah, no tiene una encima. Bueno, sí, sería de gran ayuda si nos puede traer una de su casa inmediatamente. Mientras tanto, si me efectúa una breve descripción así voy pasándolo por radio. Si, atención. Se busca a masculino, de 19 años de edad, contextura delgada, mediana estatura. ¿Eh? ¿Cejas depiladas? Ropa varios talles más grandes. Piercings en la boca y en la ceja. Cabeza a medio rapar con un corte tipo felpudo en la parte superior. El sujeto es gangoso al hablar, y camina desgarbadamente, como si tuviera joroba. Boca abierta hasta cuando no habla. ¿QSL? No, Gutiérrez, no me traiga a toda la plaza junta, con que...sí, entiendo, Gutiérrez...ahá...sí, tiene razón... Bueno, señorita, lamento informarle que estamos en un problema. Oiga, no, no es que no querramos trabajar, pero si vamos a demorar a todos los que portan este rostro, se visten de este modo y caminan y hablan como usted lo describió, tendríamos que parar al 21% de la población total de Argentina y no tenemos tantos uniformados para eso.

Desde hace ya varias décadas, la pobreza ha ingresado en un camino irrefrenable en su ascenso social hasta ocupar el lugar central de nuestra sociedad. No salió como se esperaba, no mejoraron en su status, pero hoy los tenemos asimilados y ya no los miramos con temor a terminar como ellos. Puede que los veamos con cagazo a que nos hagan algo, pero no pasa de ahí. No habrá salido como soñábamos hace varios lustros -allá cuando el desempleo era de sólo el 2,3%- pero algo es algo. 

En aquellos tiempos arcaicos de pleno empleo, trabajar no era un derecho, sino un deber. La educación era una joyita, con algunas fallas, claramente -si tenemos una mujer de 60 pirulos que dice hachedoscero, evidentemente ya había fábrica de burros en aquel entonces- pero que permitía que cualquier hijo de vecino pudiera acceder a unas aulas donde les enseñaban las materias básicas que hacían a la cultura general -de antaño- y hasta les explicaban como prevenir enfermedades en higiene y puericultura. La salud pública era precisamente eso: salud y pública. No existía nada en una clínica privada que no tuviera el hospital público más cercano. Obviamente, la asistencia social por parte del Estado era un derecho, y no una obligación.

La sentencia menemista "siempre hubo pobres" fue un certificado de defunción a la búsqueda de la supresión de la pobreza. Es cierto que siempre hubo pobres, pero también cáncer, y sin embargo no me imagino que se suspendan las investigaciones para hallar una cura. Pero las afirmaciones son propias en tiempo y espacio. Por aquel entonces, a la sociedad -hablo genéricamente- le importaba un pepinazo si había o no pobres. Siempre los hubo y, probablemente, siempre los habrá. Pero de ahí a bajar los brazos, hay un largo trecho. Sin embargo, en la década del ´90 ocurrió un evento del que, algún día, la sociología tendrá que hacerse eco: tuvo inicio la cultura de la marginalidad. 

Algunas décadas antes, los informes económicos sobre los estratos sociales no medían a la clase baja, dado que no la registraban como tal. Estaban la clase alta, la clase media y los trabajadores. El sueño generalizado -lo que podríamos llamar "The Argentinian Dream"- era promisorio para cualquier tano recién bajado del barco: ellos llegaron, trabajaron, tuvieron su casa y educaron a sus hijos, que en muchos casos llegaron a profesionales y se colocaron en la clase media o alta. Golazo de media cancha. ¿En qué otro país se podía conseguir eso sólo de una generación a la siguiente?

Los años fueron pasando, los gobiernos se sucedieron, los golpes de Estado se hicieron costumbre, pero con o sin inflación, con o sin abastecimiento, con o sin dólar bajo, con o sin democracia, la posibilidad de subir en la escala social seguía vigente. Creo yo que el mayor daño que dejó la última dictadura militar no fue el aniquilamiento de los subversivos perejiles en complicidad con sus mandamases europeizados, y de todo lo que se pareciera a un subversivo, aunque no lo fuera ni por error. Además de matar gente la dictadura destrozó -literalmente y a mucha consciencia- el aparato productivo argentino construido durante muchas décadas. Y el resultado comenzó a verse ya en el gobierno de Galtieri, cuando la desocupación y la pobreza dejaron sus cómodos lugares bajo el 5% para nunca más volver. 


La primavera alfonsinista sobrevivió a los planteos militares, al Plan Austral, a La Tablada y al Coti Nosiglia. Sin embargo, no sobrevivió al Plan Primavera, y la hiperinflación hizo el resto para que el país llegara al 8% de desocupación y un 47% de pobreza. La convertibilidad de Cavallo y Menem apareció como cura milagrosa. La extinción inmediata de la inflación y la reducción de la pobreza a niveles no vistos desde 1977 fueron mérito más que suficiente para que hasta el Diego llevara una remera con la leyenda "gracias Mingo" y la mayoría del arco político abrazara al justicialismo neoliberal. Como todo lo bueno no puede durar, la pobreza empezó a subir, el desempleo también, y se cruzó la barrera de los dos dígitos, llegando a un inédito 17% en 1996, para luego bajar a donde más cómodo se sentía, alrededor del 13%. El gobierno de De La Rúa no tuvo mayores cambios en el ascenso de la pobreza-desempleo, y el estallido -con su posterior devaluación- nos colocó en un precioso 53% de argentinos que no alcanzaba a cubrir la canasta familiar, y un nada envidiable 21% de compatriotas sin laburo. 

La pseudobonanza que afloró en el país de la mano de la soja y el tipo cambiario, fueron reduciendo los índices de pobreza hacia el 23% en el primer trimestre de 2007 y la desocupación hacia un 9,8% en el mismo período. Lo que vino después no puedo tenerlo en cuenta dado que, luego de un segundo trimestre con ascenso de la desocupación -que volvió a cruzar los dos dígitos- el Indec fue intervenido. Sin embargo, los índices de desocupación -nobleza obliga- son los más bajos de los últimos 15 años. 


Pero como los números no siempre reflejan la realidad como corresponde, cabe aclarar que la desocupación del 15% de los últimos años de la convertibilidad, comprendían a una población de desempleo estacionario. Gran parte de quienes integraban ese porcentaje eran desempleados por poco tiempo, empleados por otro poco tiempo, desempleados por poco tiempo, y así. La desocupación de estos últimos años es, lamentablemente, estructural, lo que quiere decir que gran parte de los desocupados no consiguen trabajo desde hace años o nunca lo tuvieron. Y esto, estimados chichipíos, es lo más grave, dado que contribuye y nutre la cultura de la marginalidad.

La marginalidad fue un factor social por años, un componente minoritario que estaba al margen de aquella sociedad de ascendencia social, o sea, sin integrarse, sea por desempleo, pobreza, ilegalidad, o lo que fuere. Ser pobre no significaba ser marginal. A fines del siglo pasado, las clases media y alta empezaron a hacerse eco de los gustos de las clases bajas. En las fiestas de la Quinta de Olivos se bailaba al ritmo de Comanche, La Ventanita de Grupo Sombras alegraba cualquier casamiento de la High Society argenta, y en la televisión abierta pasaban tardes enteras de grupos cuyas letras no calificaban para pasar el primer filtro del Comfer. De a poco, las canciones llamando a matar un rati, a aspirar poxirán y salir de caño, empezaron a ser cantadas por todos los jóvenes, tuvieran el poder adquisitivo que tuvieran. Así no fue de extrañar que viéramos pasar un auto con quince lucas de tuneado encima, con Pibes Chorros a todo volumen. 

En un increíble proceso de años, de a poquito fuimos asimilando a la pobreza como algo normal y nutriéndonos de su cultura. La globalización también hizo lo suyo y los adolescentes del pobrerío urbano empezaron a adquirir gustos más sofisticados en cuestiones de indumentaria: zapatillas de 150 dólares, remeras de equipos que no conocen que practican deportes que ni saben que existen, celulares, reproductores de mp3, etcéteras. Obviamente, esta clase de gustos tienen su precio, difícil de pagar si se pertenece a ese porcentaje que no alcanza a cubrir la canasta familiar. 

Como el trabajo ya les resulta extraño -la desocupación estructural lleva a que un pibe que hoy tiene unos 16 años no haya visto laburar nunca a sus viejos- el caldo de cultivo para la delincuencia esta disponible para cualquiera. La falta de contención social -hoy confundida con mero asistencialismo- lleva a que se desee lo que el otro consume, se odie al que tiene lo que uno no tiene, y se acceda a ese producto por la fuerza, porque así se desea, porque sí. No es una cuestión de educación, es una cuestión cultural en el mayor de sus significados. Así lo aprendieron, así lo mamaron, así lo creyeron correcto. 

Las actitudes adoptadas por los gobiernos que capearon las distintas crisis de las últimas décadas, hizo lo suficiente para que la marginalidad se afiance. Después de cada hecatombe económica, el ejido social tuvo cada vez menos fuerza de reflote y así lo vimos en 2002, donde las calles parecían Haití y las líneas ferroviarias dispusieron trenes fantasmas para transportar a los cartoneros de la patria. Lamentablemente, el ejido social de los sectores más pobres hoy no tiene -ni a palos- la fuerza suficiente para salir a flote, ni las ganas tampoco. Y el Estado no hace mucho por ello.

Hoy el pobre es pobre porque sí. Se entiende que siempre existió, que tiene una cultura propia que hay que respetar y el gobierno debe garantizar los recursos necesarios para su supervivencia, no para su progreso. Aman tanto a los pobres que los quieren así, bien pobres, bien urbanos y dependientes de la teta del Estado. La culpa también hace lo suyo y ante cada derecho exigido, nadie se atreve, siquiera, a exigir el cumplimiento de una obligación. Lo que se quiere se obtiene, así sea una clara necesidad como un bolsón de alimentos o un mero capricho, como una vivienda gratis en un buen barrio porteño. Así como los "pobres" de antaño llegaban al puerto e iban a parar algún recóndito lugar para construir su vivienda -a unas dos mil veinte leguas marinas de sus casas- los de hoy no tienen ganas de tanto esfuerzo. La cultura marginal -urbana, como ya dijimos- no quiere vivir donde pueda progresar, sino donde pueda estar más cómoda en el regazo del Estado al que desprecia.  

Los políticos de cualquier partido sienten pánico por quedar mal ante una sociedad que reclama reglas claras, aunque lo haga cada vez menos y ahora se limite a exigir orden cuando una horda ocupa un parque público. La búsqueda de diálogo y consenso ha desplazado abiertamente al mero cumplimiento de la ley, y el monopolio represivo del Estado -una de las cosas para las que fue creado- hoy es visto como "volver a la dictadura". Las leyes pretendidamente inclusivas son aplicadas de forma asistencialista y discrecionalmente. La exigencia de paliativos para necesidades les da pavor a muchos y salen corriendo a buscar la forma más rápida de solucionar el reclamo de los que no producen, a costas de los que sí lo hacen. Buscar el ideal de una progresiva inclusión real no da, y si se hiciera, los resultados recién se verían a largo plazo, en otro gobierno. Por lo pronto se justifica cualquier exceso del sector bajo como una reacción ante la ostentación de los que más tienen, como si hablar por celular en avenida Rivadavia estuviera a la altura de comer langosta en Ciudad Oculta. La falta de educación es otro de los caballitos de batalla de quienes están en el poder desde antes que Dios hiciera la luz. Lamentablemente, no pueden darse cuenta que lo que queda de la sociedad argentina fue construida sobre una base inmigrante, pobre, analfabeta y plena de necesidades, pero con la cultura del trabajo tatuada. Ante cada expresión de bronca de quien fue víctima de un ilícito es cada vez más común ver que sale algún culposo a colocar a la víctima en un rol de victimario odioso hacia quien no tuvo las mismas oportunidades.

La cultura de la marginalidad llenó el vacío producido por la desaparición de la cultura del trabajo, cuya ausencia afecta a todos los sectores de la sociedad. Es más común ver a un pibe de veinticinco años rascándose el higo o haciendo que labura, que a uno que se desloma por progresar. Los de clase media para arriba saben que tienen el respaldo de los padres en caso de que les den un puntapié en el upite por no mover el amperímetro laboral. El techo lo tienen garantizado y la vivienda propia algún día llegará, probablemente, en la sucesión de bienes.

A muchos se los puede ver en cualquier plaza del conurbano profundo, un día cualquiera a altas horas de la noche, o en las esquinas de cualquier barrio de Buenos Aires. Tienen su auto -comprado con plata familiar, obviamente- o su motito con parlantes -minicuotas Ribeiro todo lo puede-, no trabajan, no estudian. Alguna vez hicieron una changa y sintieron que ya estaban para jubilarse. Hacen culto de la moda marginal del momento, adoptan sus modismos al hablar, sus gestos y se visten todos con distintas variantes del mismo uniforme.

Sinceramente, creo que a esta altura cualquier tipo de paleativo queda corto. Generar empleo en una sociedad que no sabe para qué sirve trabajar, no tiene sentido. Dar derechos ante cada necesidad sin exigir una contraprestación -por más simbólica que sea- sólo genera más necesidades -nuevas, más caras- a cubrir. Quizá sea hora de plantear un cambio cultural serio, antes que el choque de civilizaciones sea irreversible. Tal vez sea el momento de buscar la forma de reformular las cosas y que las nuevas generaciones pudientes entiendan que a papi no compró la casa con el premio del Quini 6 y que por algo los abuelos eran pobres. En una de esas, sea el momento de intentar algún modo de que las generaciones venideras menos pudientes entiendan que los que tienen algo, no se lo robaron a nadie. Tal vez sea hora de dejar de añorar orgullos pasados y repetirlos.


Viernes. Tal vez sea hora de que me ponga a laburar...nah, es viernes.

miércoles, 11 de enero de 2012

Consultas

Ahora que se descubrió que soy un agente infiltrado del kirchnerismo que utiliza este blog para entregar información de los peligrosos opositores que comentan en este lugar, calculo que tendré que sacarme la máscara y hacer un post oficialista. Para arrancar, hablé con mi abogada, que se manifestó muy preocupada con este asunto mientras tomaba sol en un crucero por la costa brasileña. Según su asesoramiento, debería comenzar por suprimir mis adjetivos descalificativos sustantivizados al referirme a determinados personajes del mundo político argentino, dado que podría inducir al eventual lector a tomar una postura negativa respecto del caricaturizado. Asimismo, recomendó que dejara de hacer alusión a los orígenes y trayectorias de los miembros del oficialismo, esto con el objeto de no eliminar la imparcialidad de quien esté buceando por las publicaciones de este sitio. 

Luego de años de disfrazarme de opositor y escribir en sentido crítico hacia el sector político, es lógico que me cueste sacarme el disfraz, por lo que le pedí mayores especificaciones. Según ella, llamar Pichicho a Boudou se presta a confusiones, dado que estaría sugiriendo que el honorable Señor Vicepresidente de la Nación está tan pintado que sería capaz de no chistar si lo mandaran a laburar a un sucucho en el Banco Central, teniendo su propia oficina en la Rosada. Asimismo, mi abogada cree que no es de buen kirchnerista decir que Boudou es la última voluntad cumplida de Don Álvaro y que el neoliberalismo privatista ha sido reivindicado con un vicepresidente del riñón del Cema.  

En idéntico sentido, la letrada que me asesora, me pidió encarecidamente que no haga mención alguna a la afición por empinar la botella de la doctora Diana Conti, dado que podría inducir a suponer que su defensa del stalinismo fue hecha bajo los efectos del alcohol. Y ya que hablabamos de Miss Jack Daniels del Verano de 1963, mi abogada me sugirió que dejara de meter en la misma bolsa a Nilda Garré, Majo Lubertino, Eugenio Zaffaroni y Juanma Abal Medina recordando que, además de impresentables, fueron funcionarios de la Alianza. También me hizo saber que eso de andar buscando notas de cuando Verbitsky decía que Néstor era un perejil, no daba muy kirchnerista que digamos y que traer a colación el video de Cristina gritando que ella nunca iba a ajustar, no me colocaba precisamente en lo que uno definiría Nac&Pop. Le pregunté, entonces, si estaba todo bien con mencionar el menemismo recalcitrante de Néstor, la nueva relación con Manzano y la mentira militante de Cristina. Probablemente estaba algo mareada por el alcohol, dado que desvarió y me preguntó si de chiquito me había caído de la cuna de cabeza al piso.  

Como para cambiar de tema, encaré hacia la comunicación de los hechos cotidianos. Las sugerencias se convirtieron en inentendibles. El roaming internacional y el ruido a pachanga de fondo no ayudaba. Le comenté que tenía pensado decir que el Coki Capitanich habría usado el avión oficial para ir a Haití con el objeto de importar desnutridos más fuertes -dado que los del Impenetrable se le estaban acabando por esa compulsión que tiene la gente por morirse de hambre- y que luego se dio una vueltita por Río de Janeiro para ver cómo hacía la gente para andar descalza y en pelotas sin quejarse. No le gustó. 

Rápido de reflejos, le comenté que una nueva resolución del Banco Central dispuso que todo lo que fuera verde o europeo, tuviera forma de billete e ingresara al país, quedara en el Central haciendo compañía a los tres papelitos del Estanciero y las cinco monedas del Bucanero que quedan en las arcas. El silencio del otro lado me dio a suponer que la idea le parecía buena, así que le agregué que la medida abarcaba a los jubilados, pensionados, veteranos de guerra y quienes percibieran cuotas alimentarias de padres en el extranjero, con lo que demuestran que la sintonía fina se debe a que en el Central la única reserva que abunda es la de aire. No se por qué, pero luego de escuchar algo similar a un insulto, sospecho que no le gustó mucho el párrafo.

Le conté que tenía pensado escribir sobre el cariño que aun tienen los setentistas por el cianuro y que lo demuestran autorizando actividades mineras a cielo abierto para que las empresas extranjeras se lleven lo producido sin pagar un perú. Le pareció un poco fuerte, aunque no pude entender si se refería a las pastillas de moda en la juventud maravillosa de la década del setenta, o al espíritu entreguista que demuestran día a día a costas del cáncer de unos pocos miles de seres humanos. Redoblé la apuesta contándole que Beder Herrera, el gobernador cuya victoria se la adjudicó el kirchnerismo como un triunfazo y que había hecho campaña electoral afirmando que no iba a permitir la minería a cielo abierto, hoy dice que no estaba tan mal la cosa, dado que el dinero que entraría, bien valen las 3.800 vidas que se verían perjudicadas. Luego de decir no sé qué cosa sobre mi capacidad cognitiva, la doctora me repitió que la idea no iba en línea con mi kirchnerismo recalcitrante.

De a poco empecé a comprender que no me iba a ser tan fácil quitarme el traje de opositor. Busqué rápido en mi punteo de ideas y le comenté que también pensaba hacer mención al reclamo de ayuda del campo ante la gran sequía que azota al país. Mientras pedía una caipirosca, mi abogada manifestó su beneplácito por ser la primera idea medianamente centrada que tiraba. Emocionado, dije que Yahuar había hablado con la Presi y que la excarcinoma había dicho que si querían ayuda para la cosecha, que empezaran a escupir el piso. Un sonido intermitente en el tubo del teléfono me dio a entender que la idea no le había caído simpática. Eso, o se había quedado sin señal.

Como mi abogada no me atendía -se ve que la señal no debe ser muy buena en Brasil- me puse ansioso. Necesitaba recurrir a alguien y a la única persona que se me ocurrió llamar fue a mi psicóloga. Luego de pedirle disculpas por no haber ido en los últimos once años y explicarle durante diez minutos quién carajo era yo, le conté la situación. No se mostró muy convencida, así que le pregunté, directamente, si creía que era de buen kirchnerista llamar cariñosamente a la Presi "viuda loca", "la viuda", "viuda eterna" y otras variantes. Un balbuceo me hizo suponer que no entendía bien a qué me refería, por lo que le comenté que habitualmente, a cada acto de gobierno le llamo "nueva edición del velorio itinerante" y que me daba más ternura decir "la viuda loca de la Presi" que llamarla "tilinga", "traumada de la vida", "acomplejada insegura perpetua" y demás. Luego de manifestarme que necesitaba retomar urgentemente la terapia, me dio una fecha que no anoté, una dirección que no recuerdo, y me cortó.

Decidido a demostrar mi nuevo rol de kirchnerista orgulloso, decidí escribir un post con lo que había entendido de los consejo de mi abogada y se lo mandé por mail. Supuse que en la sesión de masajes relajantes estaría aburrida como un hongo y se divertiría muchísimo respondiendo mi consulta. Debe haber entrado en tal estado de relajación que perdió la noción de lo que decía, dado que me respondió que ella no ejercía en el fuero penal y me pasó el teléfono de un "sacapresos amigo". 

Y así, sin saber qué hacer, el post fue descartado por los motivos narrados previamente.




Miércoles 11. Años puteando al gobierno y recién me vengo a enterar que me pagan para espiar opositores. La pelotudez tiene cara de pingüino. 

lunes, 9 de enero de 2012

Cáncer Jodón

Fuerza Bruta ya tenía preparada su nueva animación funeraria, ya habían contratado a Sebastián Ortega para la dirección de la transmisión televisiva, los militantes ya tenían sus guiones para gritarle "hasta la victoria siempre" a la comandante de la compra subversiva de divisas, las florerías se habían nutrido de coronas y palmas como para salvar el lustro, la cámara de la construcción de Río Gallegos sacaba cálculos de sobreprecios para la construcción de un nuevo mausoleo, Clarín ya tenía lista la edición especial en la que la tratarían de querida estadista internacional, Florencia Peña ya tenía preparados sus insultos para acusar a los noteros de ser los portadores de la Parca y Mamá Hebe ya había engrasado otro pañuelo para colocar sobre el cajón de la difunta...y el cáncer los cagó. A ellos, que tanto les gusta recrear épicas mortuorias de antaño, el cáncer los cagó. 

A la Presi la internaron en una clínica menemista -parece mentira, pero aún en la rebelde adolescencia, todos vuelven a la casa de papá cuando están asustados- la rodearon de monchada que sacrificó la posibilidad de ganarse el pan honestamente en la calle durante una semana, la operaron, le extirparon la glándula tiroidea y el cáncer resultó ser una jodita para Marcelo Hugo. Dicen que en un procedimiento serio no se extirpa la totalidad de la glándula hasta no saber el resultado completo, como no soy médico -y a esta altura, no tengo ganas de preguntar a nadie- la única pregunta que me surge es quién la asesora. 

La culpa del malentendido -siempre tiene que haber algún culpable- fue de Clarín, obviamente. Buonomo, el médico presidencial que dijo que lo de Néstor no era para tanto y recomendó la operación de Cristina, se lavó las manos y pretendió dejarnos sin otro interrogante que no fuera saber si la residencia la practicó a la Clínica del Dr. Cureta. Si tuviera un poco de cariño por mi familia -y un poco de cagazo por mi salud- no confiaría demasiado en un médico que no hizo lo suficiente para cuidar de mi pareja y que a mí me mando al quirófano. Si así y todo lo mantengo en su cargo, no debería quejarme de las teorías conspiracionistas.

En su momento creí que la Presi tenía algo. Quizá, el haber creído me lleva a cagarme de risa del resultado final. Si todo fue un montaje, o si todo estuvo mal diagnosticado, da igual para el efecto que se produjo sobre la militancia: luego de la alegría por la buena nueva, nadie se enojó por el susto innecesario, por el cagazo injustificado. Da la sensación de que, si mañana apareciera Néstor caminando por la Rosada, la monada festejaría que el pingüino es un jodón bárbaro. 

La monada no pregunta. La única duda existencial que manejan es cuándo es el próximo acto al que pueden ir a gritarle a Cristina que ahí tiene a los pibes para la liberación. El resto, no importa. La realidad se les adelantó demasiado -y ellos se durmieron bastante- y ya no queda tiempo para construir un relato de lo que está pasando. Es por eso que desde aquí propongo darles una mano:

1.- El ajuste no existió, no existe, ni volverá a existir. La sintonía fina, en cambio, llegó para quedarse. La diferencia entre un ajuste neoliberal y una sintonía nacional y popular es más que notable. En el primer caso, los perjudicados son los trabajadores, quienes pagan el costo de una fiesta a la que no entraron. En el segundo caso, los trabajadores ceden los tres garbanzos que le quedan de ahorros por el bien de la patria, porque la fiesta está buenísima aunque la vean de afuera. En el primer caso, el trabajador está triste por vivir en un país de mierda. En el segundo caso, el trabajador es feliz, aunque prostituya a la jermu, porque sabe que vive en el país de la redistribución de la riqueza.

2.- Las provincias están sancionando sus leyes de Emergencia Económica porque no saben cómo escribir "sintonía fina", aunque presumiblemente, también pueda deberse a la infiltración de grupos goriláceos. Es por ello que la única forma de enfrentarlos, es renunciar a todos los cargos.

3.- Es probable que luego de argumentar lo sugerido en el punto anterior, algún tarambana le recrimine que el Congreso Nacional también prorrogó la emergencia económica otro año más, a pesar del crecimiento a tasas chinas y de vivir el mejor momento económico de los últimos tres milenios. La respuesta, joven argentino, es sencilla: se renueva por cábala. 

4.- Puede pasar que alguien sospeche de la verdadera fuente de financiación del modelo y trace un paralelo entre la quita compulsiva de subsidios, la sintonía fina, las leyes de emergencia económica locales y la gran sequía que está azotando al sector agroganadero y que ya dejó un buraco de mil quinientos millones en el fisco, sugiriendo que el verdadero modelo es el de redistribución arbitraria de los tributos sojeros. En caso de que surja un planteo tan golpista, es menester negar todo, argumentando que con plata o sin plata, la Presi sigue comprando departamentos en Puerto Madero.

5.- Es lógico que, luego de tamaña argumentación, algún inconformista de la vida le plantee cómo es posible que una Presidente pueda comprarse dos departamentitos en Puerto Madero a nueve palos la unidad. Aquí, joven, lo que importa es la comodidad. Nadie quiere viajar en helicóptero 25 kilómetros todos los días para ir a trabajar. 

6.- La quita de subsidios puede resultar un forúnculo internalgas si no se cuenta con una buena justificación. Es cierto que los spots televisivos alentando a renunciar a los subsidios al gas y la luz no lo convencieron ni a usted, pero no se puede comparar never in the puta life con el aumento a traición efectuado por Macri contra la ciudadanía. Porque usted y yo sabemos que no es lo mismo reventar el bolsillo de una familia que no tiene otra opción que seguir alumbrando y cocinando la comida, que cagarse en quienes quieren viajar en subte pagando lo que cuestan dos chicles Bazooka, y que bien podrían hacerlo por otros medios. Es importante destacar que no conviene sugerir la utilización del colectivo, dado que también aumenta y no podrán echarle la culpa al Jefe de Gobierno porteño. En cualquier caso, la sugerencia esgrimida por María José Lubertino de boicotear el aumento saltando los molinetes, no es recomendable, dado que los usuarios del resto de los servicios ya no subsidiados, no pueden saltar el medidor de luz ni el de gas. Es en este punto en que se sugiere recurrir al golpe bajo y patear la pelota para otro lado. Puede probar con que Macri quiere el subte sólo para la clase alta, pero ante la posibilidad de que alguien le recrimine que si no se puede pagar 2 pesos con cincuenta por un boleto es que estamos en la lona, es preferible meter una gambeta y acusar a Macri de fanático dictatorial, amigo de Videla, o algo por el estilo.

7.- Del pase a disponibilidad y posterior despido de 4.500 trabajadores de la Gobernación de la provincia de Río Negro, del atraso de los sueldos en Santa Fe y de la represión a los estatales en Santa Cruz, pueden decir que es una medida que contribuye a reducir la concepción burguesa de la sociedad, donde toda aspiración se reduce a ser un burócrata asalariado. A memorizarlo, porque tendrán que repetirlo veintitrés veces, una por cada provincia.

8.- Luego de manifestar el punto anterior, es probable que algún contrera les recuerde que ustedes también son unos burócratas asalariados. Si se llega a dar esta posibilidad, no duden en ratificar su compromiso militante, lo que los coloca en la posición de ser mártires que aceptan percibir remuneraciones del uno al cinco de cada mes, dado que ese es el precio a pagar para reformular la estructura del Estado Argentino. 

9.- Es probable que luego de esgrimir el argumento previamente sugerido, algún rompequinotos les refriegue en la cara que hasta ahora no cambiaron ni la marca del café que se toma en las oficinas del Estado. No tema, joven burgorevolucionario. En caso de darse esta situación, usted debería recurrir al punto 10.

10.- En caso de no encontrarse la respuesta contemplada en alguno de los puntos que anteceden, siempre es bueno recurrir a los clásicos: neoliberales, fachos, golpistas, cipayos, vendepatrias, desestabilizadores, agoreros, conservadores, menemistas. Es dable a destacar que todos estos adjetivos también son aplicables a usted, por lo que se aconseja decirlos todos juntos, con lo que se conseguirá tal desconcierto cognitivo en el interlocutor que permitirá que usted huya de la conversación airoso. 

Espero que este humilde decálogo de sugerencias haya servido de contribución, dado que resulta aburrido putearlos y que se hayan quedado sin argumentos. La construcción del relato no puede quedar vacante ahora que Cabito está haciendo temporada en Mundo Marino mientras Manzano se convierte en empresario de multimedios kirchnerista. Por otro lado, tampoco está bueno que ahora todos hablen del "relato", cuando desde este humilde espacio venimos rompiendo las tarlipes con eso por cuarto año consecutivo. Sé que cuesta, pero si le ponemos onda, podemos ver a Cristina caricaturizada, también. No tendremos heroínas vernáculas del mundo del comic -y la Chacha de Patoruzú dudamos que sea de agrado de la Presi- pero algo puede pintar. 

Cristina no tuvo ganas de hacer como Néstor, quien logró salvar al kirchnerismo de su propia imagen. Ya en vida de Él, intentaron darle un toque de mística a esa mirada distinta, a esa oratoria especial y húmeda, a esa forma especial de ejercer el poder conciliatoriamente compulsiva. Fue entonces cuando decidieron aniquilar a los que ridiculizábamos a Néstor se les ocurrió una idea genial: caricaturizarlo y meterlo dentro de un personaje de historieta. Unos genios en el arte de la pelotudez supina. Ya muerto fue más fácil: no se había enfríado el fiambre y ya era un estadista, un cuadrazo político, el mejor presidente de la historia de la Confederación Argentina, el Santo de la Espada, el Libertador de las Américas, el que alimentó a tantos chicos hambrientos que se murieron de alegría, el que sanó a tantos pobres marginados que palmaron igual por no saber cómo agradecerle. 

Creo que en algún momento la ¿oposición? debería hacer un gran debate, o algo que se le asemeje, con el objeto de rendir cuentas de su colaboración en la construcción del relato reciente. Al relato de los años setentas, lo construyeron Néstor y Cristina solitos. Al que transcurrió entre el 25 de mayo de 2003 y el 27 de octubre de 2010, lo escribieron entre todos, oficialistas y opositores, que supusieron que con acariciarle la mortaja al difunto por twitter, conseguirían la aprobación de ese sector de la población que ya no votaba por el kirchnerismo. El bobazo que acabó con la vida del expresidente sólo atrajo a jóvenes que en 2003 todavía mojaban la melba en la leche, pero que desde el año pasado están en condiciones de contarnos qué tan grande fue el cambio que vivió Argentina desde la aparición de Néstor y Cristina. El resto, la enorme masa de votantes que terminó votando por la viuda en octubre pasado, no recuerdan bien quién fue Néstor -de hecho, un buen sector no recuerda ni siquiera qué salió en la tapa del diario de ayer- y vieron que todos aquellos que putearon durante años a Néstor, de golpe lo trataban como el mesías de la política argentina. Macri no vio en Néstor al que lo quiso meter en cana por un espionaje llevado a cabo por un oficial de la Policía Federal que responde a la Nación, sino que percibió en el patagónico "a un hombre que propuso siempre". En pleno velorio y cuando la patria contratada buscaba alguien para carnear en venganza por la decisión de la madre naturaleza de llevarse al bueno de Néstor, Duhalde llamaba por teléfono para saber si podía darse una vueltita y expresar sus condolencias por la partida de un tipo que tuvo "mucha fortaleza en sus convicciones". A Francisco De Narváez la noticia de la muerte de Kirchner lo encontró pagando a los abogados que lo salvaron de la cárcel por otra agachada de Néstor, pero tuvo tiempo de manifestar su dolor por la pérdida de "un luchador de sus ideas". Luis Juez todavía tenía el totó paspado de todas las veces que Néstor se la puso, pero ante el fallecimiento del Nestornauta, vio que Argentina había perdido a "un político de raza, un hombre que luchó con el corazón". Ante tamañana declaraciones de amor, cualquier humilde votante entraría en duda sobre la verdadera maldad del oficialismo y la sinceridad de la oposición. Con este panorama, no queda otra que hacer una preguntita: ¿Quién contribuyó más a la construcción del relato? ¿Fue el oficialismo con su política comunicacional masturbatoria que sólo ellos disfrutan, o fue la oposición con su inconsistencia perpetua y patológica?




Lunes. Missing Children realiza un llamado a la solidaridad en busca del modelo.