martes, 28 de febrero de 2012

Exasperada

Cuando Mario Benedetti afirmaba que pocas cosas eran tan ensordecedoras como el silencio, probablemente nunca tuvo en cuenta a una mujer visiblemente alterada, de lágrima fácil, con la pretensión de cantar sin pegarle a una nota en una melodía futbolera sobre la gloriosa Juventud Peronista. Bastante irrita escucharla tararear sobre los fusilamientos, los desaparecidos y los compañeros muertos, cuando bien sabido es que, por aquellos años que recuerda la melodía pegadiza, ella vivía de la usura espantosa bajo el amparo del amiguismo con el gobierno dictatorial. Sin embargo, eso quedaría en un segundo plano ante otro ridículo. 

A pesar de mi casi patológica costumbre de escuchar todos y cada uno de los ¿discursos? que da la Presi, debo reconocer que la bestialidad de ayer me descolocó. A grito pelado refirió que Belgrano era su favorito, para luego pedir abrazos, cual Teletubbie, porque ya no lo tiene a él para que la abrace. Totalmente sacada, hizo una mezcolanza nerviosa, un popurrí violento con retazos de -lo que ella cree que son- sus grandes éxitos oratorios: llamar colonialistas a los ingleses, recordar que su marido se le plantó al Fondo Monetario Internacional -pagando cash y sin chistar hasta el último centavo- defender la maravillosa industria de producción nacional, la asignación universal por hijo. También nos echó en cara que no fueron los bancos los que tuvieron que pagar los Boden 2012, sino su gobierno, como si esto fuera algo para festejar y no el mero cumplimiento de una obligación contraída por Néstor (los últimos 450 millones fueron emitidos en 2005 y adquiridos en su totalidad por Venezuela, por lo cual, tanto gritito sobreactuado fue al pedo: no fuimos los argentinos los beneficiados, fue Chávez). 

Acelerada, la mujer que puede adquirir propiedades en Puerto Madero a dólar limpio y cuyo marido jugaba a la cotización para comprar uno o dos palitos más, nos cagó a pedos por no ser solidarios con aquellos que nunca vieron un dólar, afirmando que esas son las acciones que querrían Belgrano y San Martín, pero que Néstor las hizo. De tamaño asesinato a la historia y memoria de nuestros más grandes hombres, puede desprenderse que el verdadero sueño de Belgrano era armar discursos mientras entregamos nuestros recursos naturales a las potencias extranjeras y que aquella Argentina grande con que San Martín soñó consistía en endeudarnos hasta las tetas con la patria de Simón Bolívar. 

Luego de estas maravillosas palabras, la señora Presidenta se refirió -finalmente, luego de cinco días y doce horas- al choque de la formación del Sarmiento en la estación Once de Septiembre. Primero pasó el chivo de la tarjeta SUBE, al afirmar que le costó tres años implementarla -hace tres años había dicho que con noventa días alcanzaba y sobraba- para poder controlar el sistema de subsidios. Mentira cochina. Controlar en qué se van los subsidios es tan fácil que puede leerlo en cada decreto que firma, en cada proyecto de presupuesto, en un informe De Vido, en leer alguno de los informes de la Auditoría, en prestar atención a todos y cada uno de los accidentes absolutamente evitables que hubo con los ferrocarriles en los últimos años, en vez de buscar culpables cuando la gente se harta y prende fuego los trenes. 

Como nosotros somos unos tipos tremendamente afortunados que nunca sufrimos una pérdida de algún ser querido, nos dijo que es feo que se te muera alguien. Como si perteneciera a la oposición y no fuera gobierno, nos contó la historia de tres personas que ya eran víctimas de su modelo, para terminar hablando de Lucas y sus padres, pero no desde el rol de Jefa de Estado, sino desde una mujer que se emocionó "porque una madre nunca deja de buscar a sus hijos". Prometió tomar las medidas necesarias recién cuando la justicia determine quiénes son los culpables. Le exigió a la justicia que se tome no más de quince días para dirimir quién es el culpable, también le exigió a los medios que no digan que le exigió nada a la justicia. Y en el apogeo de su espíritu opositor al gobierno, dijo que los cuarenta millones de argentinos necesitan saber quiénes son los culpables. Como si no los supiéramos, ya. 

Desde el discurso fácil, pidió que no esperemos de ella discursos fáciles. Desde el anuncio populachero de hacer justicia, nos advirtió que no tomará medidas populacheras. Desde la utilización de la tragedia para victimizarse, puteó a los que utilizan la tragedia para atacarla y pidió que utilicemos cualquier cosa, menos la muerte, que parece que es propiedad privada de Presidencia de la Nación. Su vestido negro tiene copyright y la única que puede hablar de muertos es ella. 

Diana Conti buscando qué amasar.
Todavía no entendió que no jodemos con la muerte. Aún no se notificó que lo que da bronca no es la muerte en sí, si no que a ella y a su Gobierno le importaran tan, pero tan poco que algún día pasara lo que pasó. No puede decir que nadie le avisó, no puede decir que fue sólo una tragedia. No somos nosotros los que jodemos con la muerte, es la puta muerte que se empecina en jodernos a nosotros, ayudada por la excesiva presencia de un Estado tan estúpido que es peor que si no estuviera. ¿A esto le llaman intervenir en la economía? ¿A esto le dicen Estado fuerte? ¿A esto le dicen un Estado grande? Creo que el Estado creció mucho, pero de golpe. Es como un adolescente que pega un estirón de veinte centímetros en un año: no para de mandarse cagadas. Acá no se ha utilizado la muerte con fines políticos. Acá, directamente, se usó a un muerto como leit motiv de campaña electoral. ¿Y somos nosotros los que utilizamos la muerte con fines políticos? No hay bajeza más inhumana que cagarse en la muerte de cincuenta y un personas bajo el amparo de no joder con los muertos. No hay silencio más asesino que callarse la boca ante la desidia de un gobierno que reparte entre amigos cagándose en los que mueven ese mercado interno que permite que este país sobreviva no gracias al kirchnerismo, sino a pesar del kirchnerismo. No existe acto más despreciable que sostener que putear al gobierno por no hacer lo que dice que tiene que hacer, es utilizar a los muertos con fines políticos. 

Las mujeres que desfilaban en círculos alrededor de la Plaza de Maya reclamando por aparición con vida de sus hijos en 1978, no hacían utilización política de la muerte. Los cientos de padres de las víctimas del incendio de Cromañón no hicieron utilización política de la muerte de sus hijos, aunque muchos crean que cargarse a un Jefe de Gobierno que no hizo lo que tenía que hacer, sea forrear a los muertos. Una cosa es hacer política y otra es la utilización con fines políticos. Una familia llamando mentirosa a Nilda Garré, no está utilizando a su hijo muerto con fines políticos, está haciendo política, y es sano. Un padre que pide la cabeza de un funcionario por el asesinato estúpido de su hijo, no está utilizando a su muerto con fines políticos, está haciendo política, sin quererlo, pero sin utilizar otra cosa que lo único que vale para hacer política: la idea de que algo está mal, que algo no funciona y que hay que cambiarlo. 

No es lo mismo, gente, no es para nada igual utilizar un muerto para hacer política que reclamar la eliminación de la cadena de factores que produjo esa muerte evitable. Es política, no utilización. No es lo mismo vivir del subsidio eterno por el hecho de haber perdido un pariente hace cuarenta años, que militar, romper las pelotas, reclamar, molestar para que cambien las cosas. Es radicalmente distinto. Y eso es algo que Cristina nunca podrá entender. 

En su discurso hay siempre una constante. Todo es porque él así lo habría querido. Todo es por él. Néstor se ha convertido en autosuficiente. Ni siquiera se lo utiliza como metro patrón -si así fuera, daría la sensación de que este es un gobierno antikirchnerista- sino que todo tiene razón de ser en Néstor. El ajustazo fino no es a efectos de corregir el bolonqui de las cuentas fiscales, sino que es la profundización del camino que él inició. En un idéntico -y perverso- sentido, no hay que atacarla porque es una inoperante que pasa más tiempo paseando el perro por Calafate y hablando por cadena nacional que resolviendo los problemas de los argentinos: tan sólo no hay que atacarla por que él pidió que la cuiden. Si eso no es utilizar a un muerto con fines políticos, no sé qué carajo sí lo es. 

Pero Cris no la entiende. Si Schiavi se ganó el repudio por haber afirmado que la culpa es de la cultura argentina que nos lleva a movernos al primer vagón para bajar antes sin tener en cuenta que la misma gente que viaja en el primer vagón también viaja en el último, si Garré nos insultó a todos al comunicar que Lucas murió por viajar en un lugar prohibido sin considerar que subió por la ventanilla y ese era el único lugar que encontró para respirar, si Abal Medina demostró que era una gran ventaja no abrir la boca al sostener que "los muertos están muertos" como toda defensa, Cristina se sumó a la ola de la justificación infantil al decir que viaja mucha gente porque hay trabajo. 

Fotito vía Mis 2 Centavos
A veces entiendo la confusión de muchos seguidores del oficialismo. Si ella, que en los noventa laburó -y mucho- por la privatización de YPF, puede quejarse abiertamente porque no entiende cómo puede ser que tengamos que importar diez mil millones de dólares en combustibles ¿Qué le queda al resto? Si ella, después de nueve años en la primera fila de quienes toman las decisiones del país no lo entiende ¿Quién quiere que se lo explique? ¿A quién le echa la culpa, a Dios? 

Así fue como un acto por el bicentenario de la creación de la enseña patria derivó en una manifestación pública de utilización de los muertos con fines políticos. Eso es lo que pasa cuando no hay excusas, cuando no hay ideas, cuando no hay otra forma de sobrevivir que patear la pelota afuera. Lindo homenaje para el General Belgrano. Porque por más que insistan en llamarle una y otra vez doctor, no podrán borrar jamás que las páginas más gloriosas de nuestra historia, Belgrano las escribió como General. Quizás, el cambiazo haya sido producto del resentimiento hacia todo lo que tenga uniforme y que paguen justos por pecadores. Tal vez, esa costumbre de llamarlo doctor a cada rato, tenga más que ver con esa innecesaria comparación de lo que no pudo hacer Belgrano y sí pudo Néstor. Lo más probable es que sólo se trate de buscar una forma más de dejar una huella en la historia. No hay nada más fácil que moldear la historia, ya pasó, ya fue, ya existió. Lamentablemente, lo que nunca podrán es trastocar los resultados. Y el resultado de la lucha de Belgrano no es esta Argentina de cuotas y tarjeta SUBE. Pero Cristina cree que la mejor forma de rendir homenaje a Belgrano es utilizar su muerte con fines políticos. Una más, y van. 

Tal vez es la forma de justificar un gobierno fundado en la retórica de los buenos deseos, de la victoria vaya a saber uno para qué, de la fuerza como único motivo sin darse cuenta que la fuerza es necesaria para alcanzar un fin. Pero tenemos Frente para la Victoria y tenemos la fuerza. La fuerza de vivir en un país donde el gobierno puede espiar opositores pero no puede encontrar un cuerpo en un tren vacío. La fuerza de ser ciudadanos en un lugar donde los perros policiales se usan para perseguir a compradores minoristas de dólares, pero no para situaciones de catástrofe. La fuerza de habitar un territorio donde la ley te puede considerar terrorista por opinar distinto, pero en un hecho provocado por la corrupción, queda el 60% de las víctimas del atentado terrorista de la AMIA. La fuerza de estar gobernados por unos impresentables que dicen que utilizamos a los muertos con fines políticos mientras repiten una y otra vez que esto es gracias a la fuerza de Él.

Martes. "A quien procede con honradez, nada debe alterarle" decía un buen hombre hace un par de siglos. 

miércoles, 22 de febrero de 2012

Último Tren a Once

De las particulares contradicciones de vivir en Argentina, hoy vivimos una ejemplar. Tempranito en la mañana, el ministro de Salud de la Nación se apersonó en un crucero amarrado en el puerto de Buenos Aires para corroborar si daba para hacer plata paranoiqueándonos con la influenza como en 2009, o si estaba todo joya. Luego de mirar algunos culos extranjeros, Manzur sostuvo que sólo se trató de algunos casos aislados de gripe, afirmación que, al provenir del mismo tipo que redujo la mortalidad infantil en Tucumán dejando de anotar como nacidos vivos a los chicos que morían por problemas derivados de la desnutrición materna, no me generó demasiada confianza. Lamentablemente para Manzur, la foto con el crucero le duró poco. Mientras hablaba, una formación del ferrocarril administrado por TBA –ex Sarmiento- se tomó muy a pecho lo del tren bala y se clavó como tiro al blanco contra el andén. De un crucero de lujo a un accidente africano sin escalas.

La sucesión de hechos habría sido un buen paso de comedia si no fuera por el detalle de las decenas de muertos y las centenas de heridos: un helicóptero sanitario que no tuvo dónde aterrizar por un buen rato, una ambulancia cargada de heridos que se pega un palo en la primera esquina y el quilombo magno de tránsito que debían atravesar el personal de salud para poder trabajar, gracias a que Bartolomé Mitre sigue cortada por un santuario casero que recuerda la desidia de aquel Estado y que contribuye a la desidia del actual.

“Prometimos el soterramiento del Sarmiento, arrancamos por un buraco en Once”, dicen que se propuso como comunicado buena onda entre los cráneos del merchandising nacandpopista, pero a Schiavi no le pareció muy pertinente, más después de que el maquinista confesara –aún atrapado entre los fierros- que el tren se había quedado sin frenos. En vez de ello, optó por escueto pero convincente "si pasaba ayer, no era tan grave". Un fenómeno.

Entre las confusas declaraciones, algunos desprevenidos preguntaban si todo ese tumulto de gente era para sacar la tarjeta SUBE. No todos los días se puede demostrar el patriotismo de comerse dos cuadras de cola bajo el sol con cuarenta grados de temperatura para terminar tus días enroscado entre los fierros de un tren que el estado no controló a pesar de ser su obligación, ese mismo estado que, en cambio, considera que es nuestra obligación a sacar una tarjeta que no deberíamos necesitar. Lo cierto es que, a pesar de estos tontos detalles, el sistema ferroviario urbano es un exitazo y demuestra que es fácil llegar al lugar que querramos: cualquer medio de transporte te puede enviar a la Chacarita, por dar un ejemplo. Si te lo proponés, el Sarmiento te puede acercar a Plaza Miserere y, si hay viento a favor, enviarte hasta el Congreso de un tirón vía aérea. Eso sí, el paracaídas corre por cuenta del pasajero. Con este panorama, la SUBE demostró ser un éxito rotundo: no en cualquier país se puede viajar al más allá por un pesito. Schiavi, por su parte, festejó la buena noticia: es el primer siniestro ferroviario en años en el que la formación no descarrila, lo que a juicio del buenhombre, es todo un logro del gobierno.

Párrafo aparte se merecen los contreras, esos que se quejaban de lo lento que anda –cuando anda- el General a Misiones y también putean porque el Sarmiento llega con todo a la terminal. Son los mismos que se ríen de la chancha lechera que no puede llegar a Uruguay, pero se indignan porque un tren urbano tiene tanta polenta que no se conforma con llegar a destino, sino va más allá. Al más allá. Se quejan de llenos, no hay porongo que les venga bien. Se quejaban de que en los noventa se habían abandonado los trenes y priorizándose la construcción de autopistas, pero ahora se quejan porque también se dejó de priorizar la construcción –y mantenimiento- de las autopistas. Los nostálgicos del ferrocarril rompen los gobelinos contando que en los trenes de larga distancia de antes tenían hasta un buffet de la san puta y hoy no les gusta que el Sarmiento te acerque hasta la panchería del andén de enfrente. Sinceramente, se quejan por quejarse, si acá anda todo joya.

Del lado de la realidad, una vez más la tragedia nos pasó por arriba como un tren. Miles de personas en viaje hacia sus trabajos que difícilmente puedan volver a dormir por un buen tiempo. Varias decenas de laburantes que salieron a ganarse el pan que nunca podrán llevar a la mesa. Todos muertos por un hecho que no cuadra en la definición etimológica de accidente como concatenación de hechos inevitables provocados por un factor externo al orden de las cosas. Allí están, bien muertos, sin que les importe la explicación que pueda dar el gobierno: que fue un complot de la izquierda sindical representada por un mecánico mal teñido, que fue un atentado de un Pino geronte, que se trató de un boicot coordinado para desprestigiar este momento de felicidad, que el maquinista estaba mamado a las ocho de la mañana, que alguna amante despechada cortó los frenos, que los marcianos abdujeron el sistema de seguridad o que la invasión de cascarudos hizo corto circuito en el sistema eléctrico de la formación. Cualquier cosa, menos reconocer la desidia, el festival de subsidios sin control y la ausencia total de ese Estado al que tanto dicen haber reconstruído.

La Presi, por su lado, manifestó su angustia por el hecho suspendiendo el acto en el que iba a anunciar el Automovilismo para Todos. Esa cosa que tiene Cristina por hablar cuando a nadie le importa y, en cambio, cerrar bien el upite cuando ameritaría una buena y suculenta explicación.


Jueves. Argentina, un país con buena gente.

Comparame que me gusta

Las comparaciones son odiosas, dice un refrán odioso, e inevitables, agrega un reincidente. Uno de los milagros que ha construido el relato kirchnerista es la comparación permanente, llevada a cabo por todos los individuos desde cualquier sector. Cada vez que emitimos un juicio de valor sobre algo dictamos una sentencia: esta casa me gusta más porque tiene buena iluminación, esta mina no me rompe tanto las pelotas, este auto tiene un andar de la puta madre. Aunque sea sin querer todos tomamos un punto de referencia y es ahí cuando la sentencia se basa en una comparación: esta casa me gusta más porque tiene buena iluminación en comparación con la cueva en la que vivía, esta mina no me rompe tanto las pelotas como Fulanita, este auto tiene un andar de la puta madre, no como la carcacha que tengo en casa. La diferencia en los juicios de valor pasa por los puntos de referencia que toma cada uno, o sea, qué aspecto comparamos y con cuál otro.

Están quienes dicen que este es un gobierno de izquierda. Estos extraños especímenes los hay dentro y fuera del gobierno. El punto de referencia que toman los que están dentro del gobierno consiste en la política de Derechos Humanos en contraposición a los indultos de Menem y las políticas represivas del último gobierno militar. Otros se cuelgan del discurso oficial y la política de redistribución de la riqueza con todo lo que ello implica semánticamente: redistribuir la riqueza, reconoce que hay una riqueza existente previa que debió disminuir con el paso de los años en pos del crecimiento de la riqueza de los que menos tienen. Discursivamente bello y aunque no la viéramos a Cristina vestida de verde con un arco y una flecha, muchos creyeron que estaba quitándole a los ricos para darle a los pobres. Desde la vereda de enfrente, están quienes pretenden descalificar al gobierno tratándolos de zurdos, montoneros, tirabombas, etcétera. Para tamaña afirmación, no disponen de recursos muy diferentes a los oficialistas: los más extremistas -carentes de toda idoneidad intelectual- creen que enjuiciar al Casino de Oficiales de 1977 es un acto comunista y el resto se agarra del mismo discurso oficialista, pero para desprestigiarlo. La lógica pierde toda lógica: si no creen una palabra de lo que dice el gobierno ¿por qué habría de creerles su identidad montonera?

Los puntos de referencia tienen que ser similares, si no, no es serio. No es lo mismo comparar la iluminación de un piso del Le Parc y afirmar que el departamento tomado como punto de referencia es muy oscuro, cuando en realidad, nunca levantamos la persiana. Sostener que este gobierno rescata las banderas de los setenta y por eso se llena de montoneros, sale de la idea de comparar con gobiernos anteriores. Curiosamente, a los años noventa nadie le levanto la persiana: Fernando Galmarini, Rafael Bielsa, Carlos Kunkel, Martín Grass, Roberto Perdía, Enrique Villanueva, son nombres tan vinculados a los noventa como a los setenta. Del mismo modo, cuando los oficialistas toman como punto de referencia a los noventa para justificar la renovada militancia de los dos mil, me desconciertan tanto como los contreras que acusan a Cristina de montonera y luego le recuerdan haber hecho plata con la dictadura.

Son tan graciosos como los que consideran que derecha, liberal y dictadura son la misma cosa y andan por allí llamando dictador a Macri por montar una red de espionaje con la colaboración de un tal Ciro James, que en comparación al Proyecto X, sólo estaba jugando al amigo invisible; o le refriegan a la UCR las políticas de la Alianza, desde la comodidad de contar en funciones a Lubertino, Garré, Zaffaroni, Conti y otras luminarias. Reivindican el espíritu revolucionario tomando como punto de referencia la dictadura de las últimas cuatro juntas militares, pero carecen de datos que les recuerden que el principal socio comercial de Argentina por aquellos años no era Estados Unidos, sino la Unión Soviética y que los funcionarios militares eran recibidos con honores cuando pisaban la Cuba de Fidel.

Desde hace varios años vivimos bajo la amenaza constante de tener que elegir entre esto o volver no sé a dónde. O aceptamos el manotazo a los productores agropecuarios, o vuelve la Alianza. O agachamos la cabeza frente a la inflación, o regresamos a los noventa. Nos han pedido tanta memoria que uno llegó a pensar que se trataba de algún programa Fosfovita para Todos o algo por el estilo, pero no fue así. La memoria se trató de recordar a dónde habíamos estado y dónde estamos ahora, o hace un par de años, o hace un lustro. En función de ello nos arrojan datos, números, comas, porcentajes, tablas gemelas, recaudaciones records, información majestuosa que se compara con 2002. Comparar los logros económicos con el momento de mayor crisis es como medir la participación ciudadana en la elección general de 1983 en contraposición a 1978, donde no se votó ni en una reunión de consorcio para elegir nuevo administrador. Medir la pobreza tomando como parámetro 2002 es fácil, mucho más fácil que compararla con 1995, 1985 o 2000. Es barato, económico, oferta por exceso de stock de ideas pelotudas.

De un modo increíble, me hacen replantear un sinfín de cosas sobre la base de repetir hasta el cansancio frases del manual de la buena oradora, replicadas en cada boca oficialista. Es este Estado boludamente intervencionista que nos lleva al punto de tener que rezarle a San Moreno para conseguir pañales el que me hace pensar si tenía tanta razón cuando puteaba a otros. Si el problema de la crisis de principios de siglo fue la desaparición del Estado intervencionista, regulador del mercado y asistencialista, habría que barajar y repartir una nueva mano de argumentos. Digo, porque si ese Estado ausente es el que tenía pleno abastecimiento de hidrocarburos -a precios que hoy nos resultarían revolucionarios- y reservas de combustibles para décadas, no veo el éxito del nacandpopismo. Si de aquel Estado nos irritaba que más del 30% no tuviera acceso al sistema de protección de la salud, me pregunto qué tendríamos que decir frente a un intimidante 55% de hoy en día. Si la deuda externa de hoy es superior a la de los años en los que sus exfuncionarios afirmaban que se estaba vendiendo el país, en algo le pifiamos.

Va más allá de mi crítica o de la que hagan otros que tampoco se sientan muy identificados con el gobierno. Podría preguntarles a los mismos que abrazan la doctrina oficialista, un gobierno que se basa en la retórica, en la administración del Estado mediante el relato en el cual la política intervencionista consiste en prohibir la compra de dólares, repartir subsidios, quitar subsidios, congelar tarifas, aumentar tarifas, intervenir la medición de índices de precios al consumidor y lograr el increíble milagro de tener trabajo y seguir en la pobreza. Afirman que a este gobierno lo definen sus enemigos, entre los que cuentan a la Sociedad Rural, a la Iglesia (?), a las corporación mediática -que solitos se los pusieron en contra- y a los gorilas, palabra mágica, válida para cualquier cosa y carente de contenido. A mí, más que sus enemigos, me asustan los amigos: los empresarios del escolazo, las ultramegacorporaciones mineras internacionales y la misma facción neoliberal a la que putean, pero que se han fumado en cargos de funcionarios -y no cualquier cargo, tuvieron de Jefe de Gabinete al administrador del cavallismo- y otro al que votaron porque era un economista con onda y en menos de dos meses se mandó un negociado menemista, pero con onda. 

(Hay que ser gente mala leche. El 99.9% del gobierno no pudo justificar una sola declaración jurada de 2003 a la fecha. A Cristina le saltaron propiedades en Puerto Madero por diez palos verdes hace menos de dos meses y no pasó naranja; Boudou se abre un kiosquito y ya lo mandan al matadero. Ingratos. Con lo que cuesta hacerse el rocker en actos colmados de wachiturros.)

Hablando seriamente y sin ánimo de chicana, no los entiendo. Afirman que se enamoraron de este gobierno por contraposición, por comparar con los gobiernos anteriores. De allí, no encuentro quién me explique por qué dolía la pobreza de los primeros años de dos mil, y la de ahora ni siquiera hace cosquillas. He buscado quien me cuente los motivos de por qué hizo daño al país la entrega de la explotación de los recursos naturales, pero defender la minería de capitales extranjeros es hacer patria. No consigo quien me eduque en las razones para afirmar que la política de emisión monetaria de los ochenta nos llevó al fracaso y la fiesta de impresión de billetes -con negocios incluídos- es garantía de revolución.

Si de los tiempos pasados les reventó el desmantelamiento de los ferrocarriles, no encuentro quien me explique la situación pedorra de la actualidad del sistema de transporte sobre rieles. Si les jodía la ausencia de movilidad social, no veo dónde está el hit del modelo, si en la asistencia limosnera, o en las viviendas de material de las villas. Si los deprimía la destrucción del sistema educativo, no entiendo bien cuál es el gran logro de destinar el 6,7% del PBI a la educación si el sistema sigue siendo la misma fábrica de burros que entonces. Tener cinco veces más presupuesto y hacer la misma bosta, en mi barrio se llama fracaso. Si de aquellos años les reventaba la impunidad de la ostentación menemista ¿Cuál es la diferencia? ¿Que Menem no la desmentía? ¿Acaso el problema pasaba por los dichos, lo que se decía, el verso, el relato? Si ese Estado ya les resultaba molesto ¿Cómo pueden sentirse cómodos con esto?

Ante tanta diferencia entre lo que se dice y lo que se hace, lo que se ve y lo que se defiende, lo que se escucha y lo que se quiere escuchar, tanta dislexia voluntaria, no queda otra que suponer que -muy en el fondo- saben la verdad, que son conscientes que esto es una bosta. Tantos numeritos comparados infantilmente con la nada, tanto temor por volver a un lugar no tan distinto al que estamos, se merece un análisis sociológico importante. O, al menos, un buen informe a cargo de un psicólogo. Esa cosa de cornudo consciente, que fue víctima de tantos desamores que no le importa que su actual pareja se voltee hasta al encargado del edificio mientras saca la basura, negando cualquier infidelidad y acusando a los envidiosos por contarle de las aventuras de su esposa, merece un par de horas de diván. Si el punto de referencia para la comparación es que, al menos, la actual dice que no caga a su pareja, hace falta terapia.

Miércoles 22. Se nos va febrero entre carnavales. El 5% del total de la población argentina se fue de viaje. Otro exitazo del modelo.

jueves, 16 de febrero de 2012

Pretéritos molestos

Coincido con Videla. Fue una guerra. Habrá habido alguno que otro desaparecido que no tenía nada que ver pero la inmensa mayoría eran militantes y, de ellos, la mayoría eran montoneros. A mí me hubiera molestado muchísimo que mi muerte la utilizaran para decir que fui un pobrecito dirigente asesinado.
Mario Firmenich 

Destapar ollas tiene su costo. Generalmente, quienes se dedican a reivindicar tiempos tristemente célebres, vieron los mismos desde la comodidad de sus livings, o ni se enteraron de qué pasaba, o les resulta más fácil congraciarse con la moda. En 1995, la ministra de Educación Susana Decibe ordenó que el 24 de marzo de cada año se llevaran adelante jornadas en todos los establecimientos educativos del país, tendientes a remarcar qué sucedió el 24 de marzo de 1976 y en qué consistió el la última dictadura militar. Los profesores se dedicaron a explicar que un otoño, un grupo de locos asesinos salieron de joda a la madrugada y como estaba todo cerrado, ocuparon la Casa Rosada. Como el aburrimiento era atroz, salieron a matar a personas indefensas, del peludo embole que tenían, no más. Quizás todavía asustada a pesar de los indultos, Decibe prefirió no hacer demasiado hincapié en cuestiones subversivas, revoltosas y otras actividades. En los ´90, reconocerse subversivo no estaba de moda y la ministra de Educación -ex JTP- adhería a la corriente "yo no fui". En lugar de hacer las cosas como corresponde -completas- en ese entonces no se puso mucha atención al desastre económico que nos legaron las juntas militares, ni a los paradigmas de una estructura socioeconómica de la que aún hoy no conseguimos despegar. La creación del relato del setentismo, no es un invento Nac&Pop.

Los revisionismos históricos siempre son bastante conchudos, como la escritura original de la historia. Creo que se pueden escribir crónicas de época, testimonios de los hechos vividos, pero nunca se podría escribir una obra de historia de la que fuimos protagonistas. De entrada, cualquier momento histórico -por más lejano que haya quedado en el transcurso del tiempo- genera sentimientos de simpatía y apatía de acuerdo a los valores personales de cada uno. Hacerlo con la época vivida, quita todo rasgo de objetividad, al menos en cuanto a las apreciaciones de cuestiones subjetivas, de forma. Los hechos se pueden relatar, las explicaciones, en cambio, quedan a criterio de cada uno.

Sin embargo, desde hace unos años hemos tenido la costumbre de practicar el revisionismo histórico más pedorro que podríamos haber imaginado. Personas que parecieran haber aterrizado en 2003 provenientes de alguna galaxia lejana, nos cuentan historias que nosotros -boludos que hemos pateado la calle- creímos, a pesar de haber vivido otra cosa bien distinta. De este modo, el país se fundió por culpa de políticas neoliberales llevadas a cabo por otros -no por este gobierno compuesto fifty-fifty por exmenemistas conversos y aliancistas obscenos- y nosotros, que al menos hemos leído alguna tapa de algún diario en algún kiosco de alguna estación, entramos en la nebulosa y olvidamos que los que nos cuentan la historia, son nombres conocidos por todos. La lógica es sencilla: si nos trastocaron la historia de lo que pasó ayer ¿Cómo no nos van a dibujar de vuelta lo que sucedió hace varias décadas?

Las Fuerzas Armadas no hicieron más que aceptar un pedido general de la ciudadanía para encarar con su intervención una crisis de supervivencia de la Nación, crisis que las instituciones formales y las organizaciones civiles demostraron ser incapaces de resolver
Jorge Paladino, ex Delegado de Juan Domingo Perón

Un medio español publicó una entrevista exclusiva realizada al expresidente de facto y exgeneral del Ejército Jorge Rafael Videla. De entrada hay que reconocer que los españoles venden el pan mejor que nosotros: el entrevistador se autodefine como estudioso de los revueltos años setenta argentinos y afirma que Videla fue presidente entre 1976 y 1981. De todos modos, lo entiendo: si Cristina puede decir muy suelta de cuerpo que fue una perseguida política en la dictadura sin que pase nada, qué podemos esperar de un extranjero. Más allá de estos detalles, la nobleza obliga a reconocer que la entrevista estuvo buena, no tanto por el dinamismo del entrevistador, sino por la predisposición que tuvo Videla para hablar largo y tendido sobre todo lo que le preguntaron.

Videla dijo lo que le vino en gana, dio sus apreciaciones, se hizo cargo de todo y sostuvo como verdades algunas historias de las que no hay testigos, y otras que se sustentan en la mera lógica. Sin embargo, los impresentables del arco político vernáculo se indignaron. Ya sabemos que entre los deportes preferidos de nuestros dirigentes está el hablar ante cada micrófono que se lleven por delante, pero la sal del churrasco es la indignación, forzada, obvia, obsecuente. Algunos se indignaron porque los dichos de Videla tocaron lo más intocable de cada fuerza política: ese espíritu republicano y respetuoso de la continuidad democrática que tanto dicen defender. Otros, se pusieron de culo porque Videla -además de varias sarasas- tiró algunas frases que, por incontestables, se dan por válidas. Un tercer grupo se indignó porque hay que indignarse cuando habla un dictador, porque hay que congraciarse con la patria progresista que no los vota ni los votará -a no ser que estén en el poder, obvio- y porque todos dijeron lo suyo y no da para quedarse afuera. Son los mismos que manifestaron su pesar por la muerte de Alfonsín porque vieron mucha gente en el velorio y dijeron que Néstor fue un estadista antes de que el médico terminara de firmar el certificado de defunción.




Es auspicioso que el primer acto que realizamos sea para restablecer el pleno ámbito de la libertad en la Argentina y para contribuir a la pacificación nacional.
De La Rúa, al votar a favor de la liberación masiva de subversivos en 1973


Las declaraciones de los distintos grupos fueron dignas de un análisis sociológico que nadie se animaría a realizar. El flamante aplaudidor cristinista, Ricardo Gil Lavedra, sostuvo que Videla es responsable de haber cometido y ordenado los crímenes más atroces e inhumanos. De desmentir alguno de los dichos del exdictador respecto a un sector del radicalismo que apoyó el golpe de Estado -y que presidió casi cuatroscientas intendencias durante el gobierno de facto- nada. Luego, se tiró un par de laureles al afirmar que los juicios a las juntas abrió un camino inédito en el mundo que fue poder perseguir a través de un tribunal civil la comisión de delitos atroces, algo que ya había pasado en 1946, pero no vamos a negarle el mérito por esta cuestión subjetiva.

Carlos Kunkel, pelmazo congénito que ostenta el privilegio de haber sido uno de los pocos justicialistas expulsados del partido por el mismísimo Perón, demostró que el paso de los años no disminuyó su poder para decir pelotudeces, y afirmó que los dichos de Videla son de una intencionalidad perversa de buscar debilitar el frente interno argentino ante la escalada de la potencia inglesa. Prefiero suponer que Kunkel está gagá y no que hubo gente que votó a un tipo tan, pero tan pelotudo que supone que tenemos un frente interno consolidado frente a una escalada británica, mientras la represión estatal se nos hace moneda corriente y los recursos naturales son entregados a "la potencia" como si de un souvenir se tratara.

Otro miembro nuevo del elenco de aplaudidores cristinista, Federico Pinedo -sí, Pinedo- aplicó toda su capacidad cognitiva y la maquinaria de sinapsis para sostener que le dolió que Videla utilizara la palabra "desaparición" para referirse a las instituciones republicanas. No sabemos si le jodió porque desaparición es difícil de pronunciar, o porque Videla está tan viejo que no se da cuenta que eso ya pasó hace rato. Quizá el más sensato fue Adrián Pérez, quien sostuvo que un dictador no puede dar lecciones de republicanismo.

Creo que para lograr la patria socialista vamos a tener que matar a no menos de un millón de personas.
Roberto Santucho


Sinceramente, creo que lo que más jodió de las declaraciones de Videla -además de darnos cuenta de que todavía vive- es que el tipo haya demostrado que estará viejo, pero no senil y que no es una figura decorativa en casi todos los juicios desde 2001 -no, no fue Néstor el que habilitó los juicios a los militares- sino que todavía puede hablar y expresarse. Obviamente, los únicos interesados en saber qué tiene para decir una de las dos figuras más visibles de aquellos años que aún vive, son los extranjeros. Acá mucho no se pregunta. Las opiniones que sacuden un poco el relato que nos construimos para no sentirnos culpables de haber apoyado un golpe de Estado nos resultan chocantes. 

A mí criterio, poco me importa si Balbín le pidió a Videla que dé el golpe. Si así fue, lo entiendo, no es nada que no hayan hecho muchos peronistas, muchos socialistas, casi todos los empresarios, Héctor Timerman y la inmensa mayoría de la sociedad civil en su conjunto. Si Videla quiere decir que Perón ideó el esquema represivo a pesar de su intencionalidad de aniquilar a la subversión con la Policía Federal -y para eso puso a Villar al frente de la misma- para luego sostener que fue Ítalo Luder quien le dio la autorización para matar un año después, que lo diga, si es cierto o no, me importa tres carajos: no es nada que no desearan muchos otros tantos argentinos de aquellos años. En todo caso, Videla está en todo su derecho de dar a conocer su versión de la historia subjetiva. Sin embargo, no le criticaron esto, le criticaron recordar los hechos. El arco político se indignó porque un tipo que comandó la represión más violenta del operativo Cóndor recordó que aquellos años existieron más allá de la fantasía, que no salieron a cazar gente porque no tenían televisión por cable para matar el rato en el casino de oficiales. Quizá, lo que más haya indignado a la dirigencia argentina es sentirse identificado con un nivel político paupérrimo, impotente para lograr imponer una puta idea, una clase dirigente tan pedorra y aislada de la sociedad, que no han podido encausar -ni aprovechar- un sólo reclamo generalizado y sólo se dedica a cumplir la agenda del día del gobierno, quejándose por los excesos y haciendo que se indigna muy indignada.


El objetivo perseguido por estos grupos minoritarios es el pueblo argentino, y para ello llevan a cabo una agresión integral. La decisión soberana de las grandes mayorías nacionales de protagonizar una revolución en paz y el repudio unánime de la ciudadanía, harán que el reducido número de psicópatas que va quedando sea exterminado uno a uno por el bien de la República. 
Juan Domingo Perón (uniformado)


Ayer, todavía no habíamos digerido que la Federal de Cristina reprimiera con gases a un grupo de veteranos que reclamaba por un derecho que ellos creen justo. El gobierno, en vez de sentarse a negociar -o hacerse el boludo, como con el 99,9% de los cortes de tránsito de los últimos nueve años- los reventó a bastonazos progresistas y los encanó con esposas nacionales y populares. Nosotros, manso rebaño, aceptamos el hecho y miramos para otro lado. Algunos puteamos por la pelea Falcioni-Riquelme, otros más atentos a lo que pasa con las mineras, la inmensa mayoría en otra. Una puteada de cinco minutos, una indignación de media hora, y ya no recuerdo si hubo represión. La tarea de quienes deberían romper las pelotas -para eso hicieron campaña, para eso se sometieron a una elección, para eso fueron elegidos, para eso se les paga un sueldazo- miró para otro lado gracias a una preocupación más importante. Todo bien con los veteranos, pero primero hay que justificar porque acepto un aumento del 100% en mis haberes sin chistar demasiado, yo no sé quién dio el aumento, a mi no me miren, yo no fui, fue el de al lado, yo sólo cobro y levanto la mano cuando vengo. El escándalo -segundo del día- duró menos que el primero: se hizo de noche y por la mañana apareció una entrevista a Jorge Videla.

La vida sigue, la historia avanza, lo pasado está bien lejos y ningún juicio puede solucionar los delitos cometidos por la dictadura, como tampoco puede resarcir la inutilidad de los políticos de esos años ni la culpabilidad de quienes hoy dicen despreciar algo que pidieron casi a gritos. Mientras todos miramos a Videla, el gobierno reprime cada vez más seguido, los legisladores se la llevan en pala, el trabajo mejor remunerado es ser amigo de Boudou, la Gendarmería es utilizada para infiltrarse en protestas, la Presi habla de inclusión y progreso en Santa Cruz -donde reprimieron brutalmente a los estatales que se oponen al despido masivo- y la oposición se divide entre aplaudir algún fuego artificial de Cristina o hacer la plancha en el mar de la nada. El resto de la sociedad, la mira desde afuera. Algunos se indignan por las declaraciones de un geronte, otros viven sus días olvidando lo sucedido y puteando al gobierno según la agenda oficialista, ayer a los legisladores, anteayer a las mineras, mañana a los gendarmes. Eso sí, todo sin movilizarse demasiado, hace calor, está pesado y alguien se tiene que hacer cargo de mi reclamo, que sea otro, yo no, para algo les pago el sueldo y esta noche hay fútbol. Tal vez, lo que más nos rompe de Videla es tener que reconocer que aún vivimos bajo una de sus más grandes imposiciones culturales: no te metás, algo habrá hecho.


Jueves. Vendo historia. Segunda selección. Oferta. Aproveche.

lunes, 13 de febrero de 2012

Dulce Represión

Hace rato llegué a la conclusión de que en el kirchnerismo se da la relación bilateral de una obra de teatro: un grupo de actores que dicen representar algo que no representan, aplaudidos y vitoreados por un público que se deja llevar por la obra, -con la certeza de que son sólo actores pero que la representan tan bien que se merecen un Globo de Oro- y los actores, tan bien metidos en sus papeles, que creen que los aplausos son por el personaje y no por la actuación. Básicamente, el principio de cualquier buen espectáculo actoral: Woody Allen me engaña al interpretar a Isaac Davis en Manhattan, yo me dejo engañar -así funciona, después de todo- y termino apreciando a ese personaje genial, y me olvido por completo que Woody Allen dejó a la madre de sus hijos por una de sus hijas, lo cual, en definitiva, no viene al caso. Privilegiar el personaje por sobre la persona, quedar atrapados en una obra, puede resultar inteligible a nivel artístico, aunque más de uno que saluda a los actores en la calle llamándolos por el nombre del personaje, debería considerar seriamente visitar algún psiquiatra o, al menos, un electricista. 

Kirchner nos ofreció el personaje de quien venía a hacer lo que hasta entonces resultaba imposible: romper los paradigmas propios de la organización socioeconómica de Argentina, garantizar la movilidad social ascendente, achicar la brecha entre ricos y pobres, redistribuir la riqueza, combatir la evasión fiscal, velar por el cumplimiento de los derechos humanos, aniquilar la pobreza, combatir el hambre, corregir los errores del menemismo y sanear la deuda externa. Fuera del teatro, se dedicó a hacer lo posible y garantizó la permanencia de esos mismos paradigmas ya existentes: el mínimo porcentaje del país que concentra la inmensa mayoría de las riquezas no fue molestado demasiado, la movilidad social ascendente fue para unos pocos allegados al gobierno -los nuevos ricos del kirchnerismo realmente son muy ricos- la brecha entre el que más gana se redujo en comparación con 2002, pero es de diez puntos más que en la década del ´90, la redistribución de la riqueza se limita a repartir la mitad del presupuesto -oficial- de Futbol para Todos entre menos de la mitad de quienes necesitan la asignación no universal por hijo, la evasión fiscal es la ley de los que más tienen, el cumplimiento de los derechos humanos es para quienes ya no los necesitan, la pobreza aniquila personas, del hambre ya nos hicimos amigos, los errores del menemismo los mantuvieron -sistema ferroviario destruído, corruptelas pornográficas, capitalismo de amigos- los aciertos los eliminaron -desapareció el autoabastecimiento energético- y la deuda externa se acrecentó en un par de decenas de miles de millones de dólares. Dentro del teatro, los espectadores aplauden las excelentes interpretaciones de los actores

Nobleza obliga, superar la obra de Néstor era una tarea épica, pero Cristina pudo. Su personaje adoptó la modalidad de la dualidad, las dos caras, el desconcierto para el espectador. Una mujer fuerte que dice tener el coraje y la capacidad necesaria para comandar al país, pero que a la menor crítica se convertía en una despechada que sabía que todo le iba a costar el doble por su condición de mujer. Así y todo, la sorpresa no fue menor cuando una noche puso cara de perro y mandó a los piquetes de la abundancia a que se metan el yuyo donde no pega el sol, y en un par de días estaba abrazada a su marido, moqueando, quejándose porque nunca en la historia de la democracia le habían puesto tantos palos en la rueda a un presidente recién elegido. Los treinta planteos militares a Frondizi, el serrucho político, sindical y empresarial a Illia y el planteo carapintada a Menem cuando el turco todavía no se había desabrochado el saco, no formaron parte de la obra. Los espectadores aplaudieron, los actores saludaron.

A diferencia de Néstor, Cristina resumió el listado de actos a representar en uno sólo. No anunció un plan de gobierno, sino un modelo, obra carente de principio, contenido y  con final abierto. Un show de improvisación. Un café concert de escaso guión: el modelo existe por sí mismo. Desde entonces, cada acto de oratoria de la Presi se ha convertido en un número, original a veces, repetido otras -como los bises o los grandes éxitos- en el que ha abarcado todos los géneros, desde la épica al representar una lucha contra las corporaciones donde sólo había un resentimiento de exsocios, hasta el drama de la mujer de la que se quieren aprovechar por la debilidad de su soledad, a pesar del tristísimo y vergonzante papel de la oposición desde el fallecimiento de Néstor.

Las actuaciones son cotidianas y están a la orden del día. Basta que la Presi tenga un micrófono en frente para que nos deleite con una nueva puesta en escena, así al presentar como industria nacional a rompecabezas ensamblados por fábricas subsidiadas, o al querer demostrar el exitazo del modelo con un megaplán canje de heladeras, calefones y bicicletas. A veces se le presenta algún problema, como cuando sale de gira. Los públicos extranjeros son bastante fríos -y, suponemos, conchudos- y no le creen que haya sido una presa política de la dictadura, y otras minucias menores. De vez en cuando aparece en escena algún que otro extra convertido en actor secundario, para anunciar que la inflación son los padres, que las tarifas no aumentan y que la inseguridad no es que te carneen a las ocho de la mañana en el punto más transitado de Argentina, sino un cadáver en la tapa de Crónica.


La semana pasada tuve el dudoso gusto de vivir uno de los momentos más hilarantes que me ha dado la política argentina. Luego de ver a Pinedo, Bullrich y Gil Lavedra aplaudir a Cristina por anunciar una junta de investigación sobre el informe Rattenbach -un junta que desde la comodidad de 2012 investigará a una junta investigadora de 1983- y a Díaz Bancalari convertido en un puchingball humano, todavía quedaba el viernes para deleitarnos. Evidentemente, en el gobierno de Cristina se dieron cuenta que el giro hacia el antikirchnerismo demostrado con la quita de subsidios, el aumento de tarifas y la pelea con Moyano, no garpaba. Decidieron pegar el volantazo justo a tiempo y retomar la senda que Néstor nos marcó.

Uno de los principales números representados por la Compañía Estable del Teatro Rosado es el sobreactuado desprecio hacia el entreguismo de los recursos naturales de la década del ´90. En esa rumbo, llevaron adelante profundos cambios revolucionarios: recuperaron Aerolíneas Argentinas -y aumentaron su sistema deficitario- armaron negociones con YPF -los que antes hicieron, luego despreciaron y así- acrecentaron el monopolio telefónico y otras cosas por el estilo. Pero, sin lugar a dudas, el tema de moda es el de uno de los recursos naturales a los que menos bola le damos: la explotación minera. Pareciera una burda torpeza que el gobierno se apoye mediáticamente en la defensa de los recursos naturales del Atlántico Sur frente al saqueo de "la corona", pero mantenga mucho interés en la entrega de otros recursos no renovables a empresas que viven en territorios donde también pesa "la corona". Sobre estas dos aristas, se llevó a cabo una presentación tan poco presentable como real. 

El jueves pasado, probablemente desilusionada por no haber podido garantizar el negocio de una minera canadiense en La Rioja frente a la actitud destituyente de varios retrógrados que no quieren que revienten el cerro Famatina, la Presi decidió tomar el toro por las astas y evitar que en la tierra de los Saadi se repita la historia. Luego de afirmar que los veteranos de guerra de verdad no agreden a kirchneristas y que aprovechar la superioridad numérica para ejercer la violencia es cosa de dictadura -a excepción de cuando lo hace D´Elía- la Presi se ocupó de solucionar la vulneración de derechos en torno a la explotación minera. Así fue que, mientras en Belén detenían a treinta y cinco personas -eso sí, aplicando el derecho a la igualdad y engomando a menores también- Cris llevaba a cabo una teleconferencia con la ciudad de Olavarría, donde lo esperaba el grosso de Boudou. Aimée no tardó mucho en pasarle con Antonio, una mezcla de Pepe Mujica y Bob Constructor, quien profirió tantas lamidas a las medias presidenciales, como ataques a los "pseudo ambientalistas" que impiden la actividad minera. 

Cristina estaba más contenta que Zaffaroni con seis bulos y aplaudió los comentarios megafachos a favor de la megaminería del hombrecito del casco megamarillo, para luego afirmar que esos eran dichos de un trabajador y no de un tipo de la Barrick. Antonio contó también que por ser obrero, cuidaba el ambiente -argumento tan flojo de papeles como suponer que cualquier operario de Dock Sud es tan consciente del cuidado ambiental que aceptaría refrescarse en el Riachuelo- a lo que Cristina calificó como "la lógica implacable del pueblo". De esta afirmación se desprende que, para la Presidenta, la lógica implacable es darle la razón a ella, y el pueblo es un viejo garca. Porque resultó ser que Antonio, además de usar casco y overol para la foto, se llama Armando Domínguez, es dirigente de la Asociación Minera -no cualquier dirigente, sino que integra la cúpula- además de haber sido presidente del justicialismo local y hasta cuenta en su currículo con algunos negocios raros con la Barrick Gold.  


Para dar cumplimiento a la lógica implacable del pueblo, el viernes la infantería catamarqueña y la Gendarmería Nacional arbitraron los medios necesarios para disuadir a los gorilas que impiden el crecimiento de la Patria. A bala de goma limpia, con bastonazos y ovejeros alemanes, pisotearon con la mayor literalidad posible a los que cortaban el paso de los camiones con insumos destinados a la actividad minera a cielo abierto. Como imagen de un país conducido por una mujer que dijo sentirse orgullosa de presidir un gobierno que no permitió, no permite ni permitirá nunca la represión de la protesta social, quedó un poco fuerte. No es que hayamos salido ayer del termo sin saber del amigote de Néstor que pasó por arriba de los docentes de Santa Cruz con su 4x4, ni de las brutales golpizas de la Gendarmería a todo santacruceño que pretenda tirarse un pedo en dirección a la casa de gobierno, pero el juego de palabras -nuevamente- distrae. La no represión, es para la protesta social. Cada vez que se tocaron intereses gubernamentales puestos en empresas multinacionales -son los intereses más redituables- los manifestantes dejaron de ser personas que se manifiestan, para pasar a la nada de la definición "ambientalista". 

Según la Real Academia Española, un ambientalista es un sujeto que se ocupa del estudio del medio ambiente, o que se preocupa por su protección. Sinceramente, el discurso de los manifestantes podrá tener ribetes que lleven a la confusión inerpretativa, pero la preocupación pasa por lo más individual de la salud. No se dedican a la actividad ambientalista, tan sólo quieren tener bien lejos al cáncer, no desean cianuro, no quieren actividad contaminante de los recursos de los que se alimentan. Poco importa el nombre que le pongamos. Más allá de este destalle lingüístico, indigna la soltura, asusta la liviandad obscena con la que Cristina enfrenta una cámara para sostener que los dichos de un dirigente oficialista disfrazado de laburante son los que valen, que la mentira vale. No la realidad, fea, distinta a lo que desea representar, sino la mentira, la puesta en escena, lo falso. No sorprende, asusta. Atemoriza saber que el gobierno de la ley de servicios de comunicación audivisuales democrática, creada para reemplazar a la ley de la dictadura, ni se caliente por garantizar el funcionamiento de una radio que informa de las actividades represoras. Da miedito notificarnos de que están dispuestos a todo, incluso a montar una obra de teatro dentro de la gran obra gubernamental con el único fin de desacreditar a personas que reclaman por su calidad de vida, y no por planes cooperativas frente a las oficinas de Alicia Kirchner. 

Pero, de un modo lamentable, no sorprende. No hay factor sorpresa en un gobierno que nos descalifica por pobres a la hora de comprar dólares, pero nos considera magnates al momento de elegir a quien subsidiar y a quien no, como tampoco lo hay en una mujer que dijo "si quieren ajuste, que vuelvan ellos" para luego aplicar el más salvajes de los ajustes, obligando a las provincias a que aniquilen sus gastos como requisito para calificar para la chequera nacional, provocando despidos masivos. Mucho menos hay asombro por las ponderaciones al modelo de inclusión, movilidad, sarasas muchas y blablerías varias, vociferadas desde los atriles de la Rosada, a escasos metros de los hoteles a cielo abierto de numerosas familias. 

No hay extrañeza alguna, al menos no de mi parte. Hace rato que perdí todo reflejo de perplejidad. Sobre todo desde que asumí que parte del guión de esta gran obra llamada kirchnerismo, consiste en presentar como nacional y popular a la entrega de los recursos nacionales, garantizada con la represión a la protesta popular llevada a cabo por hombres convertidos en cipayos por pretender la defensa de lo que creen justo. Cientos de Qom también lo certifican.  



Lunes. La fuerza de entregar los recursos. La fuerza de la represión.  

miércoles, 8 de febrero de 2012

Touch & Go

No pasa nada. El país se dirige en velocidad crucero hacia algún lado que el GPS se niega a revelarnos y nosotros en otra. Es lógico que hayamos bajado la persiana, dado que transitamos por una realidad paralela distinta a la que el concepto cristinista esbozara en algún momento: la clase dirigente está en una nube de pedos y el resto la vemos pasar.  

Lanata vuelve a la radio y tira una bomba investigativa a la que le pegaron una etiqueta encima de la marca de Jorge Asís. Reacciones varias, indignaciones multitudinarias, extensiones de pelo arrancadas a los gritos porque se descubrió que Aimée Boudou tiene un testaferro y hace negociados. Sinceramente, si esperamos que en Argentina pase algo, alguna vez, con un funcionario gubernamental sospechado de corrupción, es hora de que reconozcamos por ley que los Reyes Magos no son los padres, les demos documento nacional de identidad, un Plan Cooperativas y un lote en el Instituto de la Vivienda. Acá no se encana a nadie y las investigaciones periodísticas solo sirven para la catarsis. Si Libre publica en tapa la adquisición de departamentos en Puerto Madero -amp. lum. c/cochera y dep. de serv, a mts de Pza de Mayo- por varios millones de dólares y nadie firma un pedido de informe ¿acaso esperan que alguien se caliente por un kioskito del vice?

Reconozco que durante mucho tiempo pensé que la exposición del gobierno a la hora de meter la mano en la lata se debía a cuestiones más cercanas a la torpeza que a la impunidad. Los veía obscenamente torpes, novatos en el fino arte del choreo de cara a la labor más expuesta del país. Después, la brutalidad de determinadas acciones me llevó a suponer que realmente eran unos forajidos que no tenían ningún atisbo de cobardía a la hora de quedarse con vueltos, sobreprecios, licitaciones imposibles y especulaciones monetarias. También me equivoqué. No lo hacen de valientes descarados: se exponen porque nadie se calienta. Un delincuente salvaje debería tener algún rasgo estereotipado, no sé, cara de malo, accionar agresivo, algo. Estos no, a sonrisa plena se pasean con un porcentaje de fortuna encima. Empleados públicos con trajes de cincuenta lucas y relojes por el valor de un tutú cero kilómetro, extensiones de campo dignas de una distribución latifundista, más propiedades que una publicidad de yogur. Todo a la luz del día, con la tranquilidad de saber que nadie los va a joder. La torpeza no es de ellos, dado que hacen lo que se les permite. Si los responsables de controlar la balanza del poder demuestran padecer de pelotudez congénita al pedir explicaciones a Oyarbide por un anillo de diamantes -¡con todo lo que hay para tirarle por la cabeza!- es lógico que el oficialismo sueñe con realizar aquel ministerio de la Corrupción con el que Carnaghi soñaba en el programa de Tato. 

Asimismo, siento que me estoy quedando sin mi fuente de laburo. La construcción del relato ya no es novedad y hasta se avivaron los ¿intelectuales? de la patria. Se tomaron varios años, tantos que ya ni los oficialistas se comen muchos de sus propios versos. Si el relato realmente moviera algo, 678 tendría más rating que Showmatch. La oposición también va por ese camino al suponer que nos desesperamos e indignamos en serio por la corrupción. A la mañana puteamos con la noticia fresca, a la tarde hacemos chistes sobre el tema y la noche ya estamos en otra. Es el gran logro de la dirigencia de las últimas décadas: generar tantas preocupaciones y necesidades a satisfacer que la corrupción se ubica bien atrás en el orden de prioridades. Si la oposición tuviera un poder real, no digo de convocatoria, sino de viveza, buscarían otras formas de ataque y no irían al trote tras la agenda del gobierno. 

A esta altura no sé si lo hacen de cagones, inútiles o, sencillamente, de boludos voluntarios convencidos. No se animan a pegarle a la no universalidad de una asignación universal que ya perdió el 50% de su valor patrimonial producto de la inflación. No tienen muchas luces para correr a la ley de medios por el lado del principal infractor, que es el mismo Estado. No les da el cuero para medir las consecuencias de los dichos o acciones y, subidos a la incoherencia del gobierno, practican la misma incoherencia oponiéndose a medidas que antes proponían. Algunos, al menos, conservan algo de decencia.

La Presi se aburrió de ver siempre las mismas caras en los eventos de la ex Casa Rosada y mandó invitaciones a distintos sectores de la oposición para que vayan a una fiesta sorpresa. Se sabía que el tema era Malvinas, pero no mucho más. El presidente del bloque radical de la cámara de Senadores Petcoff Naidenoff decidió no ir a "una cita a ciegas". A Ricardo Gil Lavedra, en cambio, parece que le gustan las sorpresas y concurrió, al igual que Francisco De Narváez, Vicky Donda, Antonio Bonfatti y Federico Pinedo. La expiba Bullrich llegó con sonrisa quinceañera y la ilusión de encontrarse a Mario Firmenich. No pasó, pero junto a Pinedo experimentaron por un ratito qué se siente el oficio de aplaudidor oficial. 

Cristina apareció y destrozó cualquier tipo de especulación en torno a la contundencia de su discurso al decir exactamente lo mismo que dijo hace unos días, más alguna que otro detalle de otras presentaciones de su stand-up. La genialidad apareció en el arranque mismo, cuando afirmó que su anuncio consistía un tema de interés nacional, lo que se demostraba por la presencia de sectores opositores, esos que fueron sin saber a qué iban.

Una de las cosas que siempre me sorprendieron de Cristina es su habilidad para aparentar conocimiento sobre un tema del que no tiene la más puta idea. Ayer lo demostró al manifestar el orgullo que siente como argentina "por haber tenido generales como el General Rattenbach, un verdadero hijo del ejército sanmartiniano". Como amante de la democracia, lamentablemente no siento el mismo orgullo por Rattenbach, que cuando el gobierno de Guido llamaba a elecciones, suscribió el decreto 2713/1963 prohibiendo -una vez más- al peronismo, con maravillas tales como la responsabilidad penal para "los que hicieren de palabra o por escrito la apología del tirano prófugo o del régimen peronista o del partido disuelto, aún cuando no mediare la existencia de una finalidad de afirmación ideológica o de propaganda peronista". No la culpo a Cristina por manifestar su orgullo, dado que nadie la obliga a saber la historia de un movimiento al que desprecia, pero no por ello me dejó de patear el hígado tamaño reconocimiento inmerecido a un hombre que formó parte de lo menos sanmartiniano del ejército. Decirlo en el marco de los tres pilares "memoria, verdad y justicia", es un golpe bajo. Más si centra su discurso en la soberanía de los gobiernos emanados de la voluntad popular sin proscripciones.

La medida revolucionaria anunciada consistió en un decreto que quita el secreto de estado que poseía el famoso Informe Rattenbach. O sea, por decreto nos autorizó a leer algo que ya se encuentra disponible en internet hace rato. Luego de mencionar que iba a protestar ante el comité de seguridad por la militarización por parte de Reino Unido, dedicó el resto de la exposición a marcar la ilegitimidad de una guerra ordenada por un gobierno de facto. Para ello no sólo remarcó el factor democrático -más que valedero- al comunicar que del informe se desprende que la idea hacer un "touch and go" -sic- sino que esgrimió el factor prensa, echándole la culpa a los medios de comunicación por el apoyo brindado al gobierno militar ante la recuperación de las islas. Lo de siempre, ninguneó las manifestaciones populares, las huelgas nacionales y sus represiones, y puso en tela de juicio nuestra idoneidad para decidir qué apoyamos y qué no. Que los medios hicieron una campaña hermosa para que creamos que teníamos el pollo cocinado, nadie lo niega. Pero la manifestación popular del 2 de abril de 1982 fue espontánea y ante la sola noticia del desembarco argentino, no más. Como considerar que el pueblo es pelotudo y no puede pensar por sí mismo ya resulta aburrido, ahora van por el trato de pelotudo retroactivo. La idea es sencilla: deslegitimar la guerra de Malvinas como causa nacional. Muchachos, murieron al pedo.

Para ir redondeando, se fue por la tangente de los recursos naturales y el desastre ecológico inminente. Ese costado me parece el más productivo a la hora de negociar. ¿Para qué se quieren quedar con las islas si nosotros les entregamos la explotación de lo que quieran por tres chauchas? Tampoco tendrían que hacerse cargo de la contaminación acuífera, especialidad de la casa.

Finalmente, con vergüencita al hablar de "salud mental", anunció -otra vez- la creación de un viejo reclamo de los veteranos, que es otro centro psiquiátrico para los excombatientes que así lo necesiten. Luego de ratificar que no vamos a demostrar actitudes bélicas -¿Con qué?- saludo a todos y a todas y se fue a saludar por el balcón a los militantes. Mientras a Díaz Bancalari lo cagaban bien a trompadas -algún día pasaría- Felipe Solá le recordaba a la prensa que "hace cuatro años que no pisaba la Casa Rosada" por si alguno se había olvidado de sus volteretas, Pinedo partía junto con Bullrich y Gil Lavedra hacia TN para contar lo satisfechos que se encuentran por la política malvinera de Cristina. 

Malvinas garpa y este gobierno lo entendió como nadie en los últimos años. La atención pública se centra en el debate nacionalista y muchos contrarios al gobierno quedan pedaleando en el aire. He leído cosas tan risibles que giraban en torno a la pérdida de confianza hacia Argentina por parte de los kelpers por culpa del bloqueo, con lo cual podemos llegar a suponer que, ante la ocupación de una vivienda, deberíamos ofrecer a nuestros forzosos huéspedes todas las comodidades, a ver si se ofenden. Otros, más extremistas, proponen una tarjeta SUBE para viajar de Puerto Argentino hasta Londres a mitad de precio. Yo, por lo pronto, soy más equitativo. Permuto medio conurbano por una de las islas. Elijan, Malvina o Soledad.



Agregado de las 12,00 hs: 

En la búsqueda de algún punto en común con los kelpers, los muchachos picaron en punta.



Miércoles. De vacaciones, no pidan demasiado.

viernes, 3 de febrero de 2012

Votando por un Sueño

La sociedad argentina se encuentra en permanente evolución. Nos expandimos socialmente, variamos nuestras escalas de valores y adoptamos costumbres novedosas. Esto no quiere decir -al menos no siempre- que la evolución sea positiva y más de una vez nos sentimos en una eterna repetición. Sin embargo, no soy de los que creen en los ciclos de crisis argentinos. En cierta medida, sí lo creí durante un tiempo, hasta que la crisis sociopolítica desencadenada a principios de siglo -y aún no finalizada- tiró por tierra lo que daba por sentado. 

Una de nuestras grandes evoluciones se ha dado de un punto que muchos llaman conformismo. El mentado conformismo puede darse cuando uno sabe que podría aspirar a más, pero se queda con lo que tiene. Es la carencia del esfuerzo por progresar, no por falta de ganas, sino por una cuestión de actitud. El conformista es consciente de lo que hace, se representa la posibilidad de algo mejor y la descarta porque el esfuerzo -cree- no lo vale. Lejos estamos de ser conformistas. Gran parte de esta sociedad ni siquiera se ha plantado la posibilidad de algo mejor, de algo distinto a lo actual, quizás parecido a lo que le contaron cuando era chico, tal vez similar a nada, diferente. No nos conformamos con lo que tenemos a sabiendas de que hay algo que podría ser mejor, sino que aceptamos esto como normal. 

Usted, eventual o habitual lector, podrá decirme que sí se plantea algo distinto, algo mejor de acuerdo a sus ideales. Puede ser, no digo que no, pero mientras tanto aún creemos que algunas cosas debemos respetarlas por lo que dicen ser, no por lo que son realmente. Esto nos cae a -casi- todos. Algunos creen que hay carne para todos, que el gobierno se muere por el respeto hacia los derechos humanos, que el ajuste es sintonía fina. Otros, tan incrédulos como los primeros, desconfiamos de los enunciados oficialistas pero nos creemos que el papel que representamos en la sociedad es algo más que una mera actuación con una puesta en escena que incluye un colegio al que se va a aprender, un hospital en el que nos curan, una policía que nos cuida y, la escena más emocionante de todas, una justicia que existe porque la llamamos mucho a gritos cada vez que nos avivamos de que las otras escenas no tenían nada tras el decorado.

Es tanta la actuación que realmente creemos que la democracia es el mejor sistema porque podemos elegir cada dos años a quienes nos van a cagar durante cuatro. Algunos más melodramáticos, son capaces de poner el grito en el cielo al defender el voto universal y asegurar que un analfabeto tiene derecho a votar, aunque no pueda leer la boleta. Dejo de lado lo de entender el sistema representativo y otras boludeces de instrucción cívica, dado que dejaríamos afuera a todos los que no hicieron la secundaria, a los que se fumaron las clases de civismo en tiempos dictatoriales, y a las víctimas del sistema educativo de los últimos lustros.

La simulación practicada al momento de votar es un caso testigo de las que cosas que ni siquiera nos planteamos. Nuestro sistema legal, torpe y sobrecargado, surgió de la ambición de una sociedad perfecta y permanece en una que no se hace, siquiera, preguntas básicas. El voto universal no plantea supuestos, dado que tenemos una ley que nos dice que la educación primaria es obligatoria. Si la ley lo dice, así es, yo no soy quién para contradecirla, así me lo enseñaron y con eso alcanza para suponer que no hay analfabetos en los cuartos oscuros. 

Voto calificado son dos palabras que dan pavor. No es lo mismo calificar para sacar un registro de conducir que calificar para elegir presidente, gobernador, intendente, concejal, diputado o senador. En el primer caso se corre el riesgo de colocar a un incapaz al volante. En el segundo, nos aventuramos a colocar a un incapaz en cargos donde decidirán sobre nuestros destinos. 

Mientras algunos me putean por pretender el sectarismo electoral -si quieren, les doy más letra abogando por la aristocracia en el sentido aristotélico platónico- y me refriegan que impedir que voten los que no saben a quién están votando es el camino más fácil, rápido y berreta de solucionar algo que se arreglaría con educación, les recuerdo que vivimos en la sociedad de lo inmediato, donde confundimos pragmatismo con decisiones acertadas. Claro que prefiero mil veces la educación antes que la calificación al momento de votar -de hecho, de las tres características de nuestro modo de votar, la única que me interesa replantear es la de la obligatoriedad- pero por algo deberíamos empezar. Además, si con estatizar los aportes patronales dimos por sentado que se acabaron las roscas de las jubilaciones, si con una ley de medios aceptamos que se acabaron las corporaciones multimediáticas y ahora existe plena libertad de expresión, si con juzgar a un geriátrico militar nos creímos que somos ejemplo intergaláctico en materia de derechos humanos, es lógico suponer en la inmediatez de la fantasía como toda solución a los problemas.

La idea es sencilla. Aquel interesado en votar se anota de puño y letra en algún punto de referencia, con lo cual ya damos por descontado que sabe escribir algo más que su nombre. A continuación, se lo somete a un breve examen de no más de cinco preguntas: ¿A quién representa un diputado? ¿A quién representa un senador? ¿Qué es la Constitución? ¿De dónde sale el dinero que gasta el gobierno? ¿Cuál es la diferencia entre derechos, obligaciones y garantías?

Si el entrevistado cree que senadores y diputados son afortunados que sólo levantan la mano, que la constitución es una plaza donde hay putas baratas a toda hora, que el dinero sale de la galera mágica de Cristina Santa Patrona del Billete Eterno y supone que la diferencia entre derechos y obligaciones radica en que los primeros son de los ciudadanos y los segundos del Estado, no está capacitado para votar. Rápido, sencillo, indoloro. Nada de esas mariconadas de recitar el preámbulo de memoria, de explicar cómo se sanciona una ley, de entender el sistema del ordenamiento administrativo nacional-provincial-municipal. Ni siquiera es menester que entienda mucho de geografía o historia. 

No crean que es una cuestión clasista ni mucho menos. De hecho, un inmenso porcentaje de los analfabestias cívicos son gente clase media parriba con serias dificultades para comprender el sistema de división de poderes. No es por haber carecido de los nutrientes necesarios para el desarrollo neuronal en la primera infancia, sino que, lisa y sencillamente, no les importa. Y como están en su pleno derecho a que no les importe, no veo por qué habría que obligarlos a que voten.

Sería una medida revolucionaria como pocas: el Estado argentino te da tanta libertad que te permite decidir si querés votar o no. ¿Por qué el Estado me obligaría a hacer algo que no quiero, si no jodo a nadie por no hacerlo? Épico. Basta de caretaje y de rasgarse las vestiduras por el derecho al voto universal, secreto y obligatorio. El secreto desapareció cuando Dios inventó el boca de urna, la universalidad son los padres y la obligatoriedad la tiramos a la parrilla en la que preparamos el costillar mientras otros votan. 

Habría que blanquear de una vez por todas, así tendremos más autoridad para acusar al otro de ser el culpable, dado que ya no estaríamos haciendo lo mismo de lo que nos quejamos. Y ningún sector de la sociedad está más calificado -upa- para llevar adelante esta patriótica misión que quienes integran el gobierno de Los Otros. En la patria de los psicólogos, pocas veces se han visto tantos casos de proyección concentrada en tan poco tiempo. El gobierno que veta algunas leyes que hacen al futuro de los recursos naturales y otras que garantizan que un trabajador cobre un 82% de lo que cobraba en actividad -lo que, ya de por sí, debería ponerse en tela de juicio- es el que acusa a otros de ser "vetadores seriales". El gobierno que juega al quisquilloso malvinoso en pleno ajuste, es el que acusa a otros de sacar a flote el conflicto de Malvinas para tapar ajustes. El gobierno que tiene una deuda de la ostia por comprar petróleo afuera, es el que acusa a otros de no invertir. El gobierno encabezado por una persona que posee una excelente predisposición a la hora de adquirir propiedades en lugares exclusivos, es el que acusa a otros -con excepción de algún que otro propio- de ser conchetos. Son el gobierno de los otros. 

Es un salto cualitativo, nadie lo puede negar. Los gobiernos pretéritos deslizaban la culpa de un evento actual en el otro. Estos no. No discuten siquiera haber hecho lo mismo. Lo hacen, pero lo de ellos es un acto patriótico, el de los otros, un hecho deleznable. Por eso quiero manifestar mi fe en que este gobierno es el indicado para aplicar una nueva reforma al sistema electoral. Y así, mientras acusan a otros de querer el voto calificado -me ofrezco, patrióticamente, como blanco- pueden anunciar la nueva Ley de Voto Universal. Suena contradictorio con el contenido poco universal de la idea, pero ya tenemos una Asignación por Hijo a la que también llamamos universal y nadie dice nada.






Algo personal: Si este blog me dio alguna satisfacción, sin lugar a dudas ha sido la de conocer a gente maravillosa y entrañable, muchos con ideologías similares, otros tantos totalmente contrarios, pero todos buena gente. En estos días se me va mi amigo Ziberial, a buscar nuevos horizontes a la tierra que -vaya paradoja- lo vio nacer. Sus amigos sabemos que no va a resistir mucho tiempo sin ser cagado a pedos por cadena nacional. Vaya este post dedicado a él, su espíritu eternamente provocador y su permanente incorrección. 


Viernes. Enviá "Sintonía Fina" al *2020 y votá por cuál querés que sea el próximo recorte del gobierno para financiar algún otro programa pelotudo que no aporta nada a la realidad social. Podés ganar una cocina a leña para pasar el invierno.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Antítodo

Ser anti es una cuestión de actitud, una forma de encarar la vida. Fundamentalmente, es llenar un vacío existencial con la figura selectiva de alguien a quien se odia. Ser anti algo no es lo mismo que tener un interés contrapuesto. Es, lisa y llanamente, no tener una brújula que nos marque qué es lo que queremos, pero sí qué es lo que no queremos. Esto nos lleva a un pequeño problema que es la posibilidad de que el deseo se cumpla. Y no nos damos cuenta que muchas veces se cumplió. Hasta hace un par de años, casi la totalidad del arco opositor centró en Néstor Kirchner el blanco a atacar. No se lo hizo ofreciendo proyectos alternativos altamente impactantes ante la opinión pública. No existió, tampoco, una crítica central a la estructura de las políticas implementadas, a sus cimientos, sino que se cuestionaron las formas adoptadas. De vez en cuando algún atrevido llegó a preguntarse en público sobre los verdaderos intereses que motivaban la adopción de una medida de gobierno, pero no mucho más que eso. El resto de la política se centró en Kirchner contra todos. Todos contra Kirchner. 

Kirchner se murió. Y con su partida no sólo le demostró a sus acólitos que él no era eterno y que había que barajar y dar de nuevo rapidito, sino que sacudió a una oposición tan pedorra que había fundamentado su razón de ser en un mortal y no en proyectos superadores a los que criticaron. El cajón de Kirchner no sólo fue una postal de la orfandad de padre en la que cayeron varios que no conciben la vida sin un jefe que los proteja, sino que dejó al arco opositor sin su leit motiv. La existencia de la política se dividía entre los que amaban a Néstor y los que lo odiaban. El resultado, ya lo conocemos.

Cuando pretenden emprender campañas antigobierno cometen dos grandes errores. El primero de ellos es el sectarismo. Dan por sentado que gobierno y doctrina son la misma cosa. Esto va más allá del metro patrón que se utilice, es sólo una cuestión de odio sí, odio no. Seamos sinceros, cualquiera que haya aprobado Educación Cívica en la secundaria es consciente de la diferencia entre pegarle a un partido y pegarle a un gobierno. Al meter a todos en el mismo conjunto, justifican automáticamente lo mismo que hace el gobierno actual, que coloca a cualquier opositor en el grupo "gorilacipayogolpistadesestabilizadoragrogarca" por más que tenga tatuado el bombo del Tula en el pecho. 

-¿Pero qué pretendés, RDP? Siete décadas de soluciones peronistas, una peor que la otra.
-Yo no pretendo nada, y hasta entiendo cierta bronca -y en muchos casos, la comparto- pero tampoco se puede suponer que el Justicialismo es un laboratorio del que salen políticos fallados. O sí, puede ser, pero no es el tema al que apunto en este texto. Hace ya bastante tiempo que es normal ver posiciones "anti" autojustificativa. Se es antikirchnerista porque son unos chorros, unos inútiles, unos prepotentes patoteros, unos mentirosos. Se es antioposición porque el ex oficialista Magnetto les marca la agenda, porque quieren volver al pasado caótico y un montón de cosas tan poco probables como que la pelea Clarín vs. Gobierno es por una cuestión de principios ideológicos. Cualquier anti tiene sus motivos, esto es una afirmación digna de Perogrullo y valedera. No existe el anti porque sí, aunque varios lo parezcan. Lo que sí marca la diferencia es el gasto de energías puesto en marcha hacia la nada. 

-Yo estoy en contra de estos delincuentes hijuemilputas porque hacen todo mal. 
-Nuevamente lo entiendo y hasta lo comparto. Pero la pregunta que debería hacer -incómoda, molesta, que nadie se hace- es si no son ellos ¿Quién? Ahí es adonde va  mi idea central. Ser anti, no es lo mismo que estar a favor de otra cosa.

-Don Relato, no puede venir con este planteo. ¿Justo usted que no hace más que pegarle al gobierno hace cuatroscientos posts?

-Cuatroscientos cuarenta y cuatro con este. Mire, una cosa es hacer chistes, joder y putear al gobierno. Pero no los puteo porque no los puedo ver, porque me cae mal el color de pelo de Cristina, porque me da bronca que Boudou se encame con la colorada, porque son patoteros o porque chorean a cuatro manos. Mejor dicho, no los puteo sólo por eso. Son detalles, notas de color. Atrás de las puteadas vienen los reclamos, los intereses de algo distinto a lo que pretendo, radicalmente distinto a lo que prometieron y violentamente distinto a lo que predican. 

Los representantes de la oposición, en cambio, han centrado sus discursos y ataques sólo en los últimos dos puntos y han dejado de lado -por olvido o, quizá, por inexistencia- los intereses de algo totalmente distinto. ¿Cómo van a mover el amperímetro electoral si proponen discursivamente lo mismo pero con matices? No recuerdo otro momento histórico reciente más aburrido en materia de debates políticos que el que nos toca vivir desde hace una década. Yo estoy a favor de la asignación universal por hijo, pero no me gusta que se use como se está usando, dice un Jacinta de Villa Ortúzar que después no entiende porque los pobres votaron al gobierno que les dio la AUH y no al Movimiento Republicano Tajantemente Argentino -MORTAJA- y no se da cuenta que cambiar el envoltorio no modifica el contenido. Justicia de merda, acá hace falta pena de muerte, sostiene Hermenegildo de Santa Rita, sin notar que esta misma justicia es la que decidiría quien vive y quien no, para después sorprenderse porque la mitad de los votos fue para el gobierno y no para la Alianza Social Capitalista Organizada -ASCO- que proponía aumentar el presupuesto para las Fuerzas de Seguridad, o sea, exactamente lo mismo que hizo el gobierno.

Nuevamente podemos caer en que los fines perseguidos por el actual oficialismo son muy distintos a los que uno pretendía, pero nadie propuso nada radicalmente distinto, y eso que no es tan difícil. Probablemente frenados por el qué dirán, pocos anónimos -y ningún político- se la juegan por decir abiertamente lo que piensan. En cambio, buscan cierto correctismo político cansador que vio su paroxismo el 27 de octubre de 2010 cuando dijeron, a coro, afinados cual canto gregoriano, que Néstor no era un hijo de puta que les cagó la vida, sino que fue un animal político, el último estadista de estos lares. O sea, nada que no dijera el oficialismo. De ahí para abajo, las ideas más osadas fueron la denuncia compulsiva de hecho de corrupción aberrantes y el reclamo de un gobierno transparente y honesto, sin darse cuenta que sólo con transparencia y honestidad no vamos a ningún lado -y los políticos transparentes y honestos vestidos de opositores ya deberían tenerlo por asumido- si no se proponen cambios radicales, ideas que modifiquen la matriz de la realidad que vivimos. Honesto y transparente fue Videla, por si alguno no lo recuerda, que en el festival de choreo de la última dictadura, no se quedó ni con el vuelto de un café. No sugiero que la corrupción no debería importarnos, pero en el ranking de preocupaciones del colectivo humano denominado pueblo argentino, está ubicado en el último vagón de la formación, detrás del plato de comida diario, la vivienda, la educación, la seguridad y el desempleo. Es triste que así sea, pero para cambiar una realidad es esencial entenderla y aceptarla. ¿Así y todo pretenden arrancar por la corrupción? Perfecto, pero luego no se quejen de que el resto votó al que le garantizó -discursivamente- el plato de comida para mañana. Pasado, vemos, pero ya votaron. 

Ser anti es un sentimiento que carece de honestidad intelectual. Se está en contra de lo que hace el otro, de lo que dice y de lo que pareciera hacer, aunque esto coincida con los intereses de uno. Cuando me río del gobierno por la quita de los subsidios, no quiere decir que no esté en contra, dado que estoy absolutamente a favor. Me río del discurso malogrado del gobierno y del conformismo de sus seguidores, que aceptan que la eliminación de los subsidios más el aumento de tarifas, no es un ajuste, sino una justa redistribución de la ayuda gubernamental a los que menos tienen. Sin embargo, nunca falta el que estuvo siempre en contra de los subsidios y hoy critica la quita de los mismos per se. No se enojan contra el doble discurso del gobierno que dice hacer una cosa y hace otra. Se quejan de lo que quisieron hacer ellos y no pudieron. 

A grades rasgos, los voceros de la oposición no han hecho nada distinto a lo que hizo el gobierno en materia discursiva: escudarse tras el abstracto colectivo. No manifiestan lo que ellos creen, sino que dicen decir lo que el pueblo argentino diría si se animara a decirlo. Para el gobierno, los cuarenta millones de argentinos queremos un sistema proteccionista que impida que podamos comprar lo que acá no se fabrica. No lo dice Cristina, lo dice el pueblo a través de ella. Para la oposición, los cuarenta millones de argentinos queremos un gobierno transparente, no lo dice ninguno en particular, sino que lo decimos todos a través de ellos. Lo curioso es que cuando se producen puebladas épicas como en Famatina, deben pensar que fueron extraterrestres que cayeron en La Rioja. Nadie se acordó de la Barrick Gold hasta que no hubo denuncia. Nadie pensó en Osisko hasta que una parte de los riojanos se pararon de manos. 

Más curioso resulta que, ante cada uno de estos eventos, el oficialismo diga que todo es una articulación de la oposición -en este caso marciana- para desprestigiar la alegría de la totalidad del pueblo argentino, mientras que la oposición supone que el oficialismo -en este caso, provenientes de Vulcano- son todos unos peronchos ladrones bancados por ánimas sin rostro que no conforman parte del pueblo argentino al que ellos -dicen- interpretar cada vez que hablan. El cagazo de decir "yo creo firmemente que" es grande, gigante, porque atrás de una afirmación individual, viene la responsabilidad. Y en el juego de la política, todos quieren participar con ayudita, haciendo trampa, jugando en modo novato sin aceptar las consecuencias del profesionalismo. 

En estos días estamos viviendo un caso testigo que es el alejamiento cada vez más marcado de Moyano. El que tiene intereses contrapuestos con los del gobierno, se encuentra desorientado, mezcla de la alegría por la pérdida -por parte del gobierno- de quien les garantizaba el poder de calle, y el escozor de tener a un sindicalista ex aliado del gobierno de este lado de la calle. El antiperonista raso no solo desconfía de Moyano, sino que lo desprecia por el sólo hecho de ser negro y peronista. No mide el impacto político de capitalizar a un Moyano, que viene con muchos moyanitos que pueden paralizar un país con o sin apoyo de la CGT. No demuestran una alternativa superadora, hacen lo mismo que hace el gobierno. El cristinismo desprecia a Moyano, el anti también. No digo que no haya motivos para ningunear a Moyano, pero, con todo lo que hay para enrostrarle al Hugo, algunos argumentos dan cosita.

Para el folclore y la chicana de sobremesa, está todo joya, nos tiramos con las afiliaciones partidarias por la cabeza, nos tratamos de chorros peronistas, radicales incompetentes y nos arrojamos con las boinas blancas y los caniches del General. Pero a la hora de hablar en serio, el chascarrillo no puede ser colocado en plano de igualdad con los motivos para combatir o adherir a un gobierno. En esa bolsa caen varios, opositores y oficialistas. Es una cuestión de coherencia, no más. Si cada vez que el gobierno saca a relucir hechos vencidos que sólo pueden hallarse en algún libro de historia, queda mal que se los putee por eso mientras recuerdan que al abuelo lo echaron de la fábrica por no ponerse el crespón negro ante la muerte de Eva. 

-Bueno, Relato, pero convengamos que no fuimos nosotros los que iniciamos esta división belicosa de estar a favor del gobierno o ser un apátrida.
-Una vez más estoy de acuerdo, pero no por eso vamos a justificar idéntica reacción. Es lo mismo que pasa en el fútbol. ¿O acaso usted no va a comer nunca más un asado con su amigo de Racing porque La 12 está enfrentada con la Guardia Imperial? El patoterismo y la violencia verbal hay que dejársela a los patoteros y violentos. ¿Con este gobierno no se puede de otra forma? Lo dudo mucho. Extremistas engreídos mucho más poderosos -y violentos en todo el sentido de la palabra- han caído y no fue por el propio peso de sus egos, sino por la organización de distintas corrientes políticas que no se oponían porque sí al gobierno, sino que tenían un vagón de proyectos diferentes, viables y que encantaron a una mayoría popular. 

Nueve años de dilapidación de fondos publicos y privados convertidos en públicos, con prórroga eternas de una emergencia económica que no existió en los discursos y nos hizo creer que estabamos en la mayor bonanza de la historia argentina gracias a papá Néstor y Mamá Cristina, pero nadie propuso otra forma de financiar todas esas políticas asistencialistas con las que todos decían estar de acuerdo en su esencia, no así en las formas. Nueve años con alguna que otra denuncia -muy cada tanto- de algún muertito de hambre, generalmente en un pueblito perdido en el mapa de alguna provincia escasamente poblada sin que el gobierno haga nada. La oposición tampoco. Los medios oficialistas menos. Los medios enemigos del gobierno, curiosamente, ni por asomo. Nueve años aceptando día a día la marginalidad de las familias que mudaron sus casas a las calles, mientras la oposición se limita a mostrar fotos de Guillermo Moreno en las tablas con el índice inflacionario alternativo, sin proponer una sola idea para frenar la inflación, amparados en que no pueden resolver lo que no se reconoce. Hoy el gobierno avanza de a puntillas en una reforma constitucional que permita una requetereelección de Cristina. El arco opositor ya bajó los brazos a poder ganarle una elección y, en vez de buscar ideas superadoras, alternativas, salen a defender la misma constitución que atacan desde hace -exactamente- diecisiete años y siete meses. Curiosamente, esto incluye al Frente Progresista, que en su plataforma electoral -hace tres meses- proponía la reforma integral de la constitución y hoy se niega. Lo más peligroso es que centran su defensa-ataque en la necesidad de la alternancia en el poder, sin medir todo el resto de reformas que podría meter el kirchnerismo mientras los demás putean por un sólo artículo. 

Ejemplos como estos hay miles, la inmensa mayoría, con idéntico final de mera queja por parte de quienes tendrían que proponer una alternativa, dado que para eso se los votó y para eso se les paga. Dada la situación reinante, entiendo la proliferación del antítodo. Pero esto también es peligroso si no se propone nada serio -o, por lo menos, poco serio, pero algo- a cambio. Porque el deseo de la desaparición de lo que odiamos, se puede llegar a conceder, y si no tenemos una alternativa viable, se las regalo.

Soy peronista, esto no es ninguna novedad. A mi no me define la contra. No me hice peronista por estar en contra del radicalismo, sino por estar a favor, casi platónicamente, de un movimiento que escasas veces me representó. Precisamente por ello, tampoco dejaré de sentirme peronista aunque el kirchnerismo haya conseguido que un montón de monitos que juraron nunca jamás votar al fascistoide justicialismo, hoy se sienta con la autoridad moral de llamarme gorila por no bancar al gobierno. A pesar de todo, no me mueve el sentimiento anti nada y eso me hace libre, dado que no guardo rencores. Porque antes que ser peronista, soy un hombre que cree que en política no hay enemigos, sino adversarios, independientemente de lo que mi adversario crea de mí. Y a los adversarios se les gana en la cancha. Uno tiene el derecho de usar su libertad como mejor le parezca. Algunos prefieren la libertad de ser antítodos. Otros, tal vez más de lo que uno cree, preferimos estar a favor de otras cosas, que no es lo mismo que sólo estar en contra. Algunos marginan a gente maravillosa por cómo piensan políticamente. Yo, en cambio, no aplico el derecho de admisión. 

Después de todo, me divierto tanto en los asados...



Arranca febrero. Pisen el acelerador que, si nos quedamos en la puteada, nos dejan en pelotas.